Un festival de cine sirve como referencia para una ciudad, cita de cinéfilos y aficionados y también tiene como uno de sus objetivos un retorno de imagen proporcional a la inversión con que cuenta. Para los directores de certámenes, cuanto más se invierte, mayores y mejores son los resultados que se consiguen, siempre y cuando el orden y la coherencia acompañen a la empresa. Por ello la especialización de los certámenes, que es lo que le da el reconocimiento internacional de los productores, es el sello de marca que identifica.
La Mostra de València, que esta noche celebra su jornada inaugural, cumple este año tres décadas de existencia. Nació envuelta en un gran proyecto cultural que tenía al Mediterráneo como referencia. El tiempo ha diluido esa idea. Pero también la sucesión de gobiernos, concejales y directores que ha tenido. Bien es cierto que cada director y cada concejal quiere aportar sus ideas, pero también que cada uno de ellos debe sumar y no restar lo que los predecesores dejaron.
La Mostra de València-Cinema del Mediterrani, sin embargo, durante los últimos años ha ido borrando de su historia cada paso avanzado hasta quedar casi desfigurada e irreconocible. La edición de este año parece apostar por una vuelta a su raíz desde el rigor y no a través del falso glamour que compran los talonarios con fondos públicos. Valencia, por su categoría, merece un festival de cine y una Mostra que conserve como espíritu el interés por el cine.