El 8 de septiembre de 2000, las Naciones Unidas celebraron la que se denominó la Cumbre del Milenio. En esa cumbre, los líderes de todo el mundo adoptaron solemnemente un acuerdo, la Declaración del Milenio, por la que se comprometían a alcanzar para el año 2015 una serie de objetivos relacionados con los derechos más elementales del hombre: reducción del hambre y la pobreza, mejora de la educación, de la sanidad, lucha contra las epidemias, reducción de la tasa de mortalidad, derechos de la mujer, desarrollo, sostenibilidad, preservación del medio ambiente, etc. La Asamblea General de las Naciones Unidas del 14 de diciembre de ese año cuantificaba esos objetivos y establecía unas pautas para su seguimiento. (Del 15 de octubre de 2009 al 7 de febrero de 2010 se puede visitar en el MuVim de Valencia una exposición organizada por la Fundación por la Justicia sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio).
Cinco años más tarde, en la Cumbre Mundial del 14-16 de septiembre de 2005, de nuevo los líderes volvieron a reunirse para repasar los logros alcanzados en cada uno de los objetivos y revisar la estrategia susceptible de ser aplicada en cada caso para su consecución. El 16 de octubre se celebró el Día Mundial de la Alimentación y el 17, el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Ambos acontecimientos bien pueden ser una buena excusa para repasar muy someramente dónde estamos, al menos en el primer objetivo de la Declaración del Milenio, «Erradicar la pobreza extrema y el hambre», y sus tres metas:
1-Reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, el porcentaje de personas con ingresos inferiores a un dólar al día.
2-Lograr el pleno empleo productivo, el trabajo decente para todos, incluidos las mujeres y los jóvenes.
3-Reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, el porcentaje de personas que padecen hambre.
Para ello, nada mejor que resaltar algunos de los puntos del informe anual aparecido el 14 de septiembre y publicado por la FAO dedicado a El estudio de la inseguridad alimentaria en el mundo, cuyo subtítulo ya nos adelanta algo de lo que vamos a leer en el mismo Crisis económica: repercusiones y enseñanzas extraídas.
Primera idea. Desde la estimación realizada para el período 1995/7, el número de personas subnutridas en el mundo no ha cesado de crecer. Segundo. El porcentaje de la población subnutrida sobre la población total (que es la variable utilizada por las UN para medir el éxito del objetivo) ha estado decreciendo hasta la estimación realizada para el período 2004/6 y, desde entonces, no ha cesado de crecer. Tercero. El objetivo del milenio establecía que el porcentaje de personas subnutridas debería alcanzar en 2015 la mitad de la cifra del año 1990. Esto es, en el año 2015, el porcentaje de subnutridos respecto a la población total debería situarse en el entorno del 10% sobre ella, afectando a unos 700 millones de habitantes. Las cifras provisionales estimadas por la FAO para el año 2009 superará los 1.000 millones y el porcentaje se situará en el entorno del 19%. Cuarto. A la vista de la evolución reciente de los indicadores de la FAO se constata que las crisis, primero la alimentaria (2006-2008) y después la económica (2008-2009), determinan un escenario en el que la consecución del primer objetivo del Milenio resulta casi imposible por no decir utópica.
Razones que explican esta evolución
La primera razón que explicaría el cambio de tendencia y el brusco incremento del número de población subnutrida hay que buscarla en la crisis alimentaria acaecida entre 2006 y mediados de 2008. Todo un cúmulo de razones (cosechas, caída de los stocks estratégicos, catástrofes naturales, encarecimiento del petróleo, de los transportes, aumento del nivel de vida y del consumo de áreas considerables del planeta, depreciación del dólar, energías alternativas, bajo crecimiento de la productividad agraria, etc.) tensionó los mercados de productos alimenticios de tal forma que el índice de precios de los alimentos se elevó en ese período hasta un 75% sobre la media tendencial de los últimos 30 años.
Si pensamos que una parte importante del mundo en desarrollo, donde se ubica el mayor contingente de necesitados, es importadora neta de alimentos, un encarecimiento tan acusado de los precios se transformó en incapacidad de importación, con el consiguiente impacto en los niveles de población más vulnerable a las crisis. La situación presente, aun habiéndose normalizado sustancialmente, dista mucho de haber alcanzado los niveles promedio de los últimos 30 años y sigue penalizando a los de menor capacidad de resistencia, los más pobres.
Segundo bloque de razones
Sin haber concluido la crisis alimentaria, inmediatamente se superpuso la crisis económica (2008-2009). En este segundo caso, el impacto ha sido de nuevo tremendo sobre este conjunto de países y sobre sus bases económicas. La incidencia ha sido mucho más acusada que en otras ocasiones por la propia globalización de sus economías y su mayor grado de apertura y dependencia externa, y, sobre todo, por el hecho de que haya sido una auténtica crisis global de todo el mundo desarrollado en su conjunto.
Esta gran crisis global y el impacto en los países menos desarrollados se constata en cualquiera de los indicadores que utilicemos: en la contracción del comercio a tasas desconocidas (y por lo tanto su capacidad de pago de las imprescindibles importaciones de alimentos); en la caída de sus tasas de crecimiento interno y el consiguiente incremento del paro; en la reducción sustancial de una de sus fuentes de ingresos más destacadas, las remesas de emigrantes, poniendo en dificultades de nuevo sus precarias balanzas de pagos; en la práctica desaparición de los flujos de inversión extranjera, con todo lo que conlleva de inversiones productivas, etc.
Tercer bloque de razones
La crisis interna de los países desarrollados ha traído consigo una reducción apreciable de los fondos de ayuda al desarrollo. Los países ricos, acuciados por sus dificultades presupuestarias, han optado por reducir y ajustar las partidas que menor repercusión pueden tener en la opinión pública, la ayuda exterior.
Y aquí viene el acto de reflexión colectiva que en estas fechas estamos obligados todos a hacernos. La opinión pública de todos los países desarrollados difícilmente consentiría una reducción, ni siquiera limitada, de los presupuestos destinados a pensiones, desempleo o sanidad, sin embargo, presenta un grado mucho menor de resistencia, incluso asume una posición comprensiva, cuando el ajuste se hace en partidas que no afectan directamente a su bienestar. Nos importa poco o, por desgracia, ya nos hemos acostumbrado a las ingentes cifras de muertos de hambre, a las catástrofes, a los niños desnutridos, a la pobreza, a millones de muertos por enfermedades curables o tratables.
Estamos tan saturados y vacunados frente a ese tipo de noticias que, al final, valoramos más cualquiera de los muchos gastos superfluos a los que nos hemos habituado, y que mantenemos a pesar de la crisis, que las imágenes que voluntariosamente nos presentan los medios y los organismos internacionales sobre las catástrofes alimentarias y las hambrunas. Tan saturados estamos que pensamos que no tienen solución, que no podemos hacer nada, que son un dato más como el agua, el fuego o las mareas. Sin embargo, esa realidad está a la vista nuestra, simplemente pasando el umbral de nuestra puerta (aunque no la queramos ver) y nos grita todos los días sus necesidades (que no queremos oír). ¿Cómo podemos después extrañarnos con algunas de las manifestaciones de la desesperación derivada de nuestro propio egoísmo, pateras, piratería, muertes violentas, fanatismos, fundamentalismos, sectas, atentados suicidas, terrorismos, etc.?
A veces da la sensación de que ya ni los propios responsables de estas parcelas piensan que lo que dicen o escriben valga para algo. Al fin y al cabo estamos ante un año más, un artículo más, un informe y un análisis similar al de otros años, una denuncia de lo mal que estamos y lo poco que hacemos para solucionarlo, unas reflexiones bienintencionadas, y hasta el año que viene; o hasta la próxima cumbre mundial, en la que los jefes de Estado del mundo volverán a planificar unos objetivos que ya saben no van a alcanzar, pero, eso sí, se sacarán fotos sonrientes y nos harán creer que esta vez sí que va en serio.
fundación por la justicia