Recordarán ustedes que cuando se destapó el caso de los trajes de Milano, de la lista de señalados sólo Víctor Campos –que había sido mucho, pero ya sólo era militante-, recibió una discreta patada en el culo. El antiguo director general de RTVV, Pedro García, duerme con las huríes del Profeta, en sentido figurado, y ahora es Ricardo Costa el que ha recibido la carta de despido por hacer, como muy bien se ha ocupado en recordar, lo que le mandaban y se hacía, presuntamente, desde mucho antes de su advenimiento al cargo de secretario general.
El candor democrático – Dios nos lo conserve– lleva a suponer que si Costa es responsable, Nuestro Amado Líder mucho más. Pero eso sería desconocer nuestras tradiciones: se es responsable si no encuentras a nadie a quien echarle la culpa; quien ofrece su cabeza no es digno, es débil. Se intentó aplacar a Madrid con el derretimiento temporal del más repeinado de los dirigentes del PPCV (también con el tesorero Bárcenas se ensayo la formula de destituirlo un poco, la puntita), pero no hubo ningún reparo en tratar de mantenerlo al frente del grupo parlamentario de Les Corts, teórica sede de la soberanía valenciana.
No sé a ustedes pero a mí me abruman los tiempos que nos aguardan. Lamentar que Nuestro Amado Líder no haya actuado con más diligencia es desconocer la naturaleza de la criatura política que alumbró, una criatura inatacable (y por eso mismo irreformable), la mejor del mundo mundial, de una pieza. Las cosas de una pieza no están articuladas sino atornilladas. Por eso frente a la sede del PP se formó el otro día un coro de cachondos que le gritaron a Federico Trillo ¡Viva Honduras! Y el pitorreo puede alargarse. De momento Francisco Camps es objeto del interés de un psicólogo portugués –Freitas Magalhäes- que describe su sonrisa como «sardónica y forzada». Y menos mal que el célebre loquero portugués Egas Moniz ya no está entre los vivos: ese arreglaba los problemas contando lonchas del cerebro como quien ataca una pieza de mortadela.