Las encuestas que manejan unos y otros —partidos y medios de comunicación, las dos orillas del debate público— abundan en datos más o menos «documentados». Por aquí, el PP sube en las generales y asciende en las autonómicas, lo que viene a ser lo mismo: constata su luminosa solidez entre el fragor del caso Gürtel. Camps disminuye —apenas— y Leire Pajín y María Teresa Fernández de La Vega bajan —más que Camps—. La imagen de los políticos se cuida mucho, aunque después nunca sirva para nada: el paisanaje acude a las urnas por múltiples razones, entre las que apenas se incluye la nariz del candidato en cuestión (¿movió el mundo la nariz de Cleopatra?). El asunto, sin embargo, se suele obviar porque las cargas emocionales se vuelcan sobre las fisonomías y arroban la ilusión. El personal se ha de «identificar» con un rostro y nutrirse de expectación, que aquí es sinónimo de misterio. ¿Quién ganará? Una voz sin una cara detrás congelaría cualquier alma. Por otra parte, el líder de los socialistas valencianos, Jorge Alarte, se enfrenta, en estos apuntes prospectivos, al desconocimiento global de los indígenas valencianos, a los que no se puede tomar por misoneístas: ocurre que el líder del PSPV apenas aparece en las televisiones y demás medios de comunicación de masas. Que son, al cabo, los titulares de las sociedades abiertas y los regímenes de opinión pública. (En el siglo pasado, recordemos, un tal McLuhan ya habló de la «prolongación» de los medios sobre las personas). Sus apariciones —las del líder socialista—?son anémicas y tan intermitentes como un genuino y glotón embarazo. Alarte, en fin, cohabita con el portavoz socialista, Ángel Luna —uno en el partido, el otro en el Parlamento—, lo cual genera, además de confusión, una incomodidad inadmisible: figuras en escorzo en un desasosiego de ángulos que guillotinan el plano de la política, que es de líneas rectas, comunes y como muy sencillas.
Cobarde. La mayor aportación hasta el momento sobre la tempestad que sobrevuela la política valenciana la manufacturó la número tres del PSPV, Elena Martín. El síncope dialéctico se produjo hace ya algunos días. En un comunicado —no en un calentón verbal— calificó a Camps de cobarde. «Es un cobarde», dijo, tajante, como si al pusilánime hubiera que apartarle y retirarle sus derechos. O como si un presidente tuviera que componer la figura de El Guerrero del Antifaz para gobernar o salir de un atolladero político o judicial. ¿Qué ocurre con la izquierda políticamente correcta, que pasa por alto las deyecciones de bazofia o que calla según el lado de donde provengan? ¿Qué decir de esa moral de la abyección que no debate sino que insulta, que no opina sino que veja? ¿Se le perdona a la izquierda y se le reprocha a la derecha? ¿Qué hay, en fin, de la barbarie? ¿Y de la educación? Sólo la educación libra a las gentes de la esclavitud. De la esclavitud del borboteo patriótico, de la sumisión al hábito vejatorio, de la tiranía de las conductas humillantes. Y no vale aquí la excusa de Valle al ser conducido a comisaría por llamarle a un señor imbécil: «No era un insulto, sino una definición.»