Qué manera de marear la perdiz. En el PP no duermen desde hace nueve meses y el parto que ha venido después del insomnio no convence a nadie. Les ha salido una criatura amorfa, como a medio hacer, ni chicha ni limoná. Una birria. Desde que hace unos días se levantó el secreto del sumario, el caso Gürtel destapó la filigrana de adjetivos que se endosaban los mafiosos de la trama y los políticos con mando en plaza del PP. ¡Menudo vocabulario! No sé si cuando vayan a confesarse y el cura les pregunte sus pecados contestarán que aparte de jugar a su favor con el dinero de los contribuyentes también se acusan de decir palabrotas. También, a lo mejor, le preguntan al confesor si traicionar a sus amigos está penado por la iglesia. Al final, el cura se echará las manos a la cabeza y les dirá que no hay bastantes oraciones capaces de limpiar tamaño expediente de pecadores a destajo.
El espectáculo es digno de Shakespeare. La pasión amorosa, la lealtad traicionada, la ambición, los desmanes en nombre del poder, la búsqueda de una afectividad con raíces psicoanalíticas, la ambigüedad metafórica en el lenguaje de los amantes, la venganza… Todo un espectáculo que ni el genial autor de El rey Lear hubiera sido capaz de imaginar en una única función. Después de tantos meses de mareo, la conclusión del PP ha sido ridícula: cepillarse a Ricardo Costa. Sólo a Ricardo Costa. Cierto que méritos le sobran al niño del Infiniti y el peluco de lujo para su purga. Aparte de haber infringido las reglas del decoro y presuntamente las de la honestidad política, nos ha dado motivos de sobra para el aborrecimiento: sus camisas engoladas que eran como el collarín que llevó después del accidente de coche, sus corbatas con el nudo más gordo y más llamativas que las del recientemente malogrado Luis Aguilé, sus trajes entallados hasta cortar el resuello, esa voz de silabeo escurridizo que provocaba a partes iguales una risa tonta y repugnancia.
Pero de ahí, de recocer sus méritos para el castigo, a cargar con todos los ultrajes va un abismo. Bien claro que lo han dicho él mismo y su hermano primosol: que la pandilla valenciana tenía un jefe, que cuando él llegó a la secretaría general el partido ya contrataba sus negocios con Orange Market, la empresa de El Bigotes. O sea: que si a él lo echaban corriente abajo, como si de un tango arrastrado se tratara, también tenían que echar al muy honorable y compinche presidente Camps.
Y es aquí donde tiene el niño Costa más razón que un santo. El parto del insomnio que durante nueve meses engordó la tripa del PP valenciano daba para mucho más. Daba para parir de golpe una riada de criaturas con la palabra Gürtel grabada en el culo. Sin embargo, sus mandamases han decidido que sea sólo una de esas criaturas la que se pasee por los medios de comunicación y por la calle con la señal de la vergüenza escarlata, que hizo famosa Nathaniel Hawthorne en el siglo XIX, estampada en el pecho de su jersey de niño malcriado a quien sus papis han dejado sin regalos.
Por eso decidió Ricardo Costa no dimitir. Que dimitan otros conmigo, pataleó en plan amenaza de tirar de la manta. Cuando decía otros estaba queriendo decir solamente otro: Francisco Camps. Y después de ellos dos, caiga quien caiga. Porque no hay duda de ninguna clase: el nombre que más sale, y con más protagonismo, en esta tragicomedia shakesperiana es el del presidente de la Generalitat. Y para su desgracia, eso también lo saben en su partido, empezando por Rajoy y acabando por el conserje de la sede valenciana del PP junto al Jardín Botánico. Sea cual sea el itinerario que siga el caso Gürtel, todos los caminos de su más que bochornosa singladura conducen a Francisco Camps. Esa certeza no la discute nadie, ni en su partido (aunque con la boca pequeña) ni fuera de su partido. Nadie la discute. Nadie.