Si la cosa funciona

 

Martín Pacheco

El PP es un cuerpo político de comportamiento extraño: cuando toca hablar (en privado, entre ellos) callan, y cuando el silencio sería la actitud más piadosa hablan. No parece que la decisión adoptada contra Costa (para salvar las apariencias y por si la cosa funciona) haya sido el resultado de un debate interno, en el que los miembros del comité ejecutivo regional dijeran la suya, analizaran la situación y llegaran a una decisión acordada: allí fueron a escuchar y a aplaudir. Al día siguiente, temprano, en el despacho del portavoz convertido en camarote de los hermanos Marx, volvieron a reunirse: no para hablar, sino para escuchar otra decisión impuesta. Serán una piña, pero no se ven los piñones. Ahora, cuando el Costa expiatorio ha sido apartado, se suceden las declaraciones sobre su honradez y honorabilidad, sobre su gentileza al aceptar la destitución y el tremendo futuro prometedor que le espera. La verdad es que si nada hizo o nada hubo podría haber tenido mejores defensores. Sí, Fabra, el de la mano en el fuego.
Porque esa es la que quieren seguir vendiendo: aquí no se trata de financiación ilegal de un partido, ni de conductas éticamente impropias, ni de arbitrariedad en el ejercicio del poder. Nada que ver con la legalidad, la buena política y la ética. Es tan sólo una cuestión estética. Pues sí, también. Ahora resulta que Costa es una víctima. Pues sí, también.
El principio del derecho «el que la hace la paga» es más lento que el principio político «alguien tiene que pagar por esto». Todo hay que decirlo: la cosa tampoco ha sido rápida. Camps, sorprendentemente, por el momento y sin embargo, no dimite y, si bien se mira, tiene más motivos que Costa, es decir: los mismos, agravados por la jerarquía y la responsabilidad, más cualquiera de los indicadores (desempleo, deuda, sanidad, educación, Canal 9…) de su ineficacia como presidente. La cosa no funciona.
Harto de Gürtel. Me voy al cine… Ya he vuelto. He visto «Ágora» rodeado de una multitud absorta, como le corresponde a una «buena» de romanos. La cosa funciona, pero no se queda uno como un río helado. En cualquier caso, no sé muy bien por qué Amenábar insiste en negar que se trate de una crítica al cristianismo: lo es, también. El choque entre quienes desde la duda buscan la verdad y los iluminados que poseen la verdad sin otra garantía que su creencia. El que posee la verdad y la palabra de dios no se fija otra tarea que imponerla. Esa vieja batalla tiene ahora escenarios más sutiles y menos sangrientos, pero no cesa.

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