Todos llevamos el virus del racismo, al menos en estado latente, como llevamos el del fascismo. Igual ocurre con enfermedades varias que el cuerpo se arregla para mantener a raya en su reducto. Por eso lo que importa no es la pulsión íntima, sino el modo en que la dominamos: ser persona consiste justamente en eso. Aunque el racismo se manifiesta de muchos modos, puede que el peor y más eficaz no sea el explícito, directo y brutal, sino el disimulado. Esa gente que tras decir lo que diga añade «y conste que yo no soy racista», o que hace de un negro chistes que nada tienen que ver con la raza, pero que no haría de un blanco. El escándalo por el premio Nobel a Obama, y los pretextos que se esgrimen para denigrar esa decisión, apestan a racismo, aunque quizá muchos escandalizados ni lo sepan. Carajo, Obama ya merece el Nobel por la proeza sin precedentes de haber llegado hasta ahí.