Muy temprano, en el desayuno sin café de La 1, la puntillosa y preparada Ana Pastor, tuvo a bien sentar en la mesa a Benigno Blanco, presidente del Foro de la familia, un señor que parece no inmutarse por nada ni por nadie, que tiene respuestas para todo y para todos, que va de lo científico a lo moral, de lo legal a lo económico, y escuchándolo uno cree que lleva razón cuando asegura que el sábado por la tarde en Madrid se juntó una peña que sobrepasó los dos millones de almas penando contra el aborto. No me lo creo. Seguro que hubo más, pero el defensor de la chiquillería asesinada demostró una vez más su prudencia. La directora del programa le pidió que confirmara alguna de sus opiniones sobre el asunto, y sin dudarlo, como todo el que lleva en la frente el estigma de la verdad verdadera, lo hizo. Sí, dijo, el aborto es comparable a la matanza de judíos.
Entró en barrena, y sin despeinarse, con esa sutil sonrisa de la gente que acepta el juego de someterse a las preguntas de los ignorantes, encajó con aire de altiva repugnancia lo que razonaba Magis Iglesias, presidenta de la FAPE, y concluyó con una reflexión que llevó al programa por los derroteros que le gustan a Jorge Javier Vázquez, reconocido premio Ondas por su impagable contribución a la dignificación de la cloaca como lugar normalizado. La reforma de la ley del aborto, aseguró sin estar en La noria, no es más que la estrategia de Zapatero para ayudar a las clínicas abortivas. Ahí se me nubló la vista y dejé de creer en la luz que hasta dos segundos antes notaba en la nuca, en la piel, en la voz suave, en la sonrisilla de Benigno. Hubiera vuelto a su redil si al final de Los desayunos hubiera sacado los muñequitos, esos chiquillos ensangrentados. Qué fallo.