El universo sólo merece disculpa como fruto de la improvisación de Dios, pero, dado que esa monumental falta de previsión permite que yo esté aquí y tú me leas, la valoraremos como una virtud. Los émulos de la divinidad o gobernantes también reclaman el derecho a equivocarse con sus propias armas, un privilegio otorgado a través de alambicados sistemas de votación. Cuando Shakespeare afirma en El rey Lear que «los dioses juegan con nosotros como los niños con las moscas», retrata la ligereza cósmica de los actores implicados.
Con estos antecedentes, se lanza de repente la acusación definitiva, Zapatero improvisa. El dardo funciona porque, con el debido énfasis, «Zapatero estornuda» se traduce en una inhabilitación absoluta. Para corregir este crimen, debería atender a los expertos que no previeron la crisis económica, por no añadir que la engendraron con sus eruditos pronunciamientos. Además, ninguno de ellos ha ganado unas elecciones, lo cual demuestra que la ciudadanía exige democracia pero suspira por los poderes no refrendados.
Es una obviedad histórica que el actual presidente llegó a La Moncloa de improviso, sin preparación. ¿La tenía Adolfo Suárez, hoy santo patrón de los presidentes del gobierno y satanizado a principios de los ochenta como una plaga bíblica? La inteligencia se le ha concedido a posteriori.
Darwin llamó «adaptación al medio» a la improvisación, y centró en ella la evolución. Hay tantos motivos para castigar a Zapatero, y se formula un veredicto erróneo. Si su temeraria intuición le orienta hacia un resultado satisfactorio, sobrevivirá. De lo contrario, se despeñará al abismo que hoy bordea. Sin embargo, improvisar es un comportamiento neutro en terra incógnita, y tanto Gorbachov como Bush padre admiten que repentizaron en la hoy celebrada caída del muro de Berlín. O por hablar de asuntos trascendentes, el final de Casablanca fue una improvisación, y hoy parece inevitable. Fruto de la inspiración divina, por volver al principio.