Parece ser que Valencia también se plantea la posibilidad del coche eléctrico como una de las propuestas para minimizar las emisiones de CO2. En realidad no sólo Valencia sino también Madrid, Barcelona y Sevilla, secundando una decidida apuesta del Gobierno y del sector del automóvil que va a concretarse en los próximos años con la salida al mercado de modelos comerciales. Pero si bien se trata de una opción a tener en cuenta en el conjunto de medidas para lograr un modelo de movilidad bajo en emisiones, no es desde luego la gran panacea. Encaja muy bien, eso sí, con esa tendencia tan nuestra de encontrar soluciones aparentemente fáciles a grandes problemas -como el cambio climático- que nos permitan seguir con nuestra vida sin muchos cambios ni esfuerzos. Este sería un buen ejemplo: mantener a toda costa el coche privado, pero ahora eléctrico, ecológico y sin humos.
En efecto, desde una visión simplista y cómoda, la que más se difunde, parece que con el coche eléctrico ya dejamos de contaminar porque no sale humo por el tubo de escape, como si la electricidad naciera espontáneamente del enchufe. Pero no, la electricidad hay que generarla, y para que sea limpia y sostenible debe proceder de fuentes renovables. Pero éstas, a pesar de su gran desarrollo en la última década, todavía no alcanzan a cubrir en nuestro país la cuarta parte de la demanda. Si aumentamos mucho dicha demanda al ir electrificando el parque automovilístico -22 millones de coches en el estado español- es cierto que consumiremos menos petróleo, pero habrá que quemar más gas natural en las centrales de ciclo combinado o construir nuevas nucleares para poder hacer frente al crecimiento del consumo, porque con las renovables no será en absoluto suficiente. Eso sí, desaparecerá la imagen culpable del humo asociado a los coches, imagen que no refuerza en absoluto sus aparentes bondades ecológicas.
El coche eléctrico, al igual que el auge de los biocombustibles, más que una decidida respuesta a los problemas del calentamiento global es, ante todo, una estrategia de mercado muy bien diseñada, cuyo principal objetivo es la perpetuación del coche privado como principal modelo de movilidad, compensando la disminución y encarecimiento del petróleo en los próximos años ante el declive de la producción.
Su principal ventaja es la disminución de la contaminación atmosférica en centros urbanos de gran densidad de población, con una repercusión positiva en la salud de los ciudadanos. Por lo tanto no se trata de una opción que deba rechazarse de entrada, pero sí debe estudiarse en toda su complejidad. El gran riesgo es que este coche, salido de la chistera mágica del poderoso sector del automóvil, nos haga olvidar el verdadero cambio eficaz en el contexto del agotamiento del petróleo barato: una decidida apuesta por una movilidad urbana basada en el transporte colectivo, en gran medida electrificado, como actualmente ocurre con el metro y el tranvía. Y esto exige inversión, esfuerzo y educación ciudadana. Todo ello, por supuesto, contando con un replanteamiento del urbanismo desde criterios de sostenibilidad en el diseño y usos del espacio público.