Réquiem por la investigación

Sixto Sánchez Lorenzo

 01:03  
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El recorte propuesto por el gobierno en los Presupuestos Generales del Estado para próximo ejercicio constituye, sin lugar a dudas, un golpe directo a la ciencia en España. Revela, por otra parte, una contradicción manifiesta con la pretensión formulada por el propio gobierno acerca de un cambio de modelo económico que, inevitablemente, pasa por orientar la competitividad de nuestro país hacia la generación de activos de I+D+I. Al mismo tiempo, levanta el velo de un concepto de política social escasamente imaginativo, puramente paliativo, de réditos tal vez electorales, pero irresponsables incluso a corto plazo. Un modelo presupuestario como el contemplado no es sostenible por mucho tiempo, y el gobierno lo sabe. Una política social cabal no consiste en garantizar subsidios de desempleo, sino atender a la creación de empleo y a la productividad, y la reducción del capítulo investigador apunta claramente a una dirección contraria. Con todo, la reducción presupuestaria es solamente el golpe de gracia a la investigación en España. La fragilidad de nuestra política científica no necesitaba mucho más para caer al vacío desde el delgado alambre en que ejercía sus funambulismos.
Conviene subrayar dos premisas que explican la vulnerabilidad de la investigación en España. La primera tiene que ver con su carácter esencialmente público. Nuestra cultura empresarial, siempre muy «cortoplacista», no ha despertado jamás al modelo anglosajón, de miras menos estrechas, que ha implicado de forma determinante a la empresa privada en el desarrollo, muy rentable a medio y largo plazo, de estrategias de apoyo y liderazgo en la investigación. Tampoco el mecenazgo ha disfrutado de un apoyo fiscal realmente audaz. En consecuencia, el peso de la investigación recae en España en las Universidades y, más concretamente, en las Universidad públicas. Salvo muy contadas excepciones, las Universidades privadas no cuentan con personal ni con medios económicos suficientes para arrostrar líneas de investigación competitivas.
La segunda premisa alumbra un perfil del personal investigador en España que, mayoritariamente, aúna la doble condición de docente e investigador. Mal pagado, sobrecargado de tareas burocráticas y docentes, el investigador español difícilmente puede competir con sus homónimos japoneses, estadounidenses, alemanes, escandinavos, franceses o británicos.
Tres son las claves para poder desplegar una labor investigadora competitiva: personal formado, medios económicos y tiempo. España sólo está a la altura en el primero de los requisitos. Acostumbrados a lidiar con enormes dificultades, falta de reconocimiento y un horario de trabajo muy exigente, a menudo nuestros investigadores triunfan en el extranjero por el mero hecho de contar con un contexto más sencillo y estimulante, y suelen acreditar su competencia y destacar sin dificultad. En consecuencia, la «fuga de cerebros» no es un riesgo disparatado y obedece a las mejores expectativas de desarrollo de su vocación, más que a la simple promesa de una remuneración más justa.
La asignación de medios económicos a la investigación ha sido siempre un punto flaco de nuestro modelo económico, también «cortoplacista» y coyuntural. La rebaja de la partida presupuestaria no sería tan trágica si el desnivel de nuestro porcentaje de PIB destinado a la investigación no fuera tan enorme respecto de otros países, incluso con un nivel de desarrollo humano muy inferior al existente en España. Las tímidas aproximaciones de los últimos años sufrirán un revés en 2010 y nos alejarán de la convergencia de forma lamentable.
En definitiva, en una demencial espiral de voluntarismo y marketing, la política científica, indisociable de la política universitaria, siempre se olvida de que la investigación es ajena a la partenogénesis y que -sonroja tener que recordarlo- sin investigadores que puedan investigar es bastante difícil avanzar y producir. Para ser fecundos, los investigadores ni siquiera reclaman mayores salarios —en algunos casos insultantes—, sino poder desarrollar su labor al menos con la mitad del tiempo, los medios y el apoyo administrativo con que cuenta un investigador alemán, por poner el caso. Quizás con eso no bastaría para borrar el desprecio a la investigación al que nos ha condenado nuestra historia, ayuna de una verdadera Ilustración que en el resto de Europa puso en un lugar preeminente a la misma ciencia que siempre fue descabezada en nuestro país a la menor oportunidad, impidiendo que germinaran sus tímidos brotes. Pero tal vez sería suficiente para multiplicar la productividad y, de paso, ahogar mi vano sueño de ejercer mi profesión en Alemania.

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