A partir de ahora ya no se dirá estás más quemado que la moto de un jipi, sino más achicharrado que las Tablas de Daimiel. Cuando las vi por primera vez en 1984, el guarda detectó una furgoneta matrícula de Valencia y nos preguntó con una sonrisilla torcida: «¿No llevaréis una escopeta?». Éramos una cuadrilla bastante pintoresca y la temperatura ambiente derretía el seso, la pregunta no estaba del todo fuera de lugar. Ahora que la turba de las Tablas arde bajo tierra sin control, los manchegos deberán aprender que, en efecto, nosotros matamos unos cuantos patos a tiros, pero ellos los están matando un poco a todos al dejarlos sin lugar a donde ir, aunque por suerte tienen otros sitios.
Las Tablas de Daimiel son parque nacional, es decir, están amparadas por la máxima figura de protección. Hemos aprendido mucho sobre protección: de los Corleone y los Genovese. Y sobre figuras: con decirles que Yola Berrocal es una figura (aún no sabemos de qué). La tierra ardiendo por dentro, el suelo quemándose bajo nuestros pies es una metáfora (¿o será una sinécdoque?) de unas maneras sobrepasadas, de un sistema caduco. No hace falta echarle agua a las Tablas, hubiera bastado con no quitarle la que tenían y que la ley garantizaba. Claro que tampoco son legales los pozos abiertos clandestinamente a un lado y otro de la raya que nos une a Albacete y allí están: dedicados al cultivo de los adosados o a la construcción de maizales parásitos de la subvención de Bruselas.
La turba es ese carbón incompleto que se forma en pantanos y aguazales cuyas cuencas quedaron completamente colmatadas de materia orgánica. Eso mismo es el Prat de Cabanes-Torreblanca, pero como allí ríe el agua en los canales y en los hoyos abiertos en la turbera, el paraje revienta de vida y de toros enamorados (o no) de la Luna. Hay una disputa por el agua que apunta a la Mancha (y no a Cataluña como quiso hacernos creer Nuestro Amado Líder) y yo sólo digo que lo que es bueno para el pato, es bueno para el hombre (no tengo claro que la propuesta sea reversible).