Recuperando el tiempo perdido

Vicente Aupí

 01:10  

Hoy, domingo, a las tres de la madrugada, ha cambiado la hora oficial. Los relojes se han retrasado sesenta minutos para colocar sus saetas a las dos y ajustar el tiempo al horario de invierno. El verdadero cambio, sin embargo, no es éste, sino el que se hace todos los años el último domingo de marzo, cuando se adelanta una hora tanto en España como en el resto de la UE. El objetivo teórico es ahorrar energía, aunque esto es algo que nunca ha quedado claro, al menos no lo suficiente para que la medida se adopte de una forma tan tajante.
Pertenezco al minoritario grupo que discrepa de la implantación del horario de verano, a pesar de que a mí también me encanta que anochezca más tarde en julio y agosto para disfrutar todo lo posible de las horas de luz. Pero, al margen de esta licencia, considero que una medida así debería estar sustentada por informes clarificadores que avalen sus ventajas. Y, en cualquier caso, lo que menos entiendo es que desde hace décadas se decida que hay que adelantar una hora los relojes y la gente lo acepte sin más. En la sociedad actual discutimos casi todo, pero algo tan importante como el tiempo disponible y la forma de vivirlo parece que no merece ser motivo de debate.
Diré, además, que lo que sucede el último domingo de marzo cuando adelantamos nuestros relojes una hora —de las dos a las tres de la madrugada— es, llana y simplemente, que perdemos esa hora. Lo que hemos hecho hoy, al volver al horario de invierno, es recuperar aquella hora perdida, pero el cambio de marzo es el que más acusamos, porque al adelantar el reloj obligamos a nuestro organismo a modificar sus biorritmos y lo alejamos del reloj biológico que, en teoría, funciona mejor cuanto más cerca esté del horario solar. Esas dos horas de desfase que tenemos en verano se notan, aunque desde el punto de vista anímico parezca mejor que el día alargue. No es un problema grave, porque al final acabamos adaptándonos, pero nuestros hijos, especialmente los más pequeños, suelen acusar más que nadie el madrugón añadido que supone el cambio de horario en el mes de marzo.
Hay países, como Kazajistán, en los que el horario de verano se ha abolido al considerarse que tiene efectos nocivos sobre la salud. Tiene su lógica: si nos fijamos en la naturaleza, no es necesario ser Félix Rodríguez de la Fuente para darse cuenta de que la mayoría de los seres vivos ajusta su ritmo de vida al ciclo diurno de luz que marca el Sol.
Y en lo que concierne a la sociedad moderna, siempre he pensado que el mayor ahorro energético se conseguiría haciendo lo mismo, es decir, ajustando el ciclo a las horas de luz, de sol a sol. Con el horario de verano, en contra de lo que muchos creen, no hacemos eso, sino que desplazamos el tiempo civil hacia las horas de luz vespertinas, pero lo alejamos en las matutinas. El horario de verano, con dos horas de adelanto respecto al tiempo solar, no supone que el día sea más largo, ya que el tiempo de luz que ganamos por la tarde lo perdemos por la mañana. O sea, que si al anochecer gastamos menos gracias al horario de verano, al amanecer ocurre justamente lo contrario, porque al adelantar el reloj no empezamos a funcionar a la luz del día, sino cuando aún está oscuro.
Quien quiera informarse de verdad sobre el tema debería darse una vuelta por internet. Comprobará que la historia del cambio de hora está tan llena de contradicciones, incertidumbres y despropósitos que, como mínimo, merecería la pena un debate social sobre el tema. Cuando pregunto a la gente no escucho mensajes comprometidos sobre el ahorro de energía, sino que todo se resume en que mola más que a las diez de la noche aún sea de día en pleno mes de julio. Bueno, en realidad no es de extrañar, porque al margen de las ideas de Benjamin Franklin en el siglo XVIII, el asunto empezó a implantarse en Europa a principios del XX, cuando el británico William Willett propuso adelantar la hora para que sus compatriotas disfrutaran de los hermosos amaneceres de la campiña inglesa.

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