Las reuniones –hoy en Ca Fabra, mañana en Ca Rita–, no han parado de sucederse en el PP a lo largo de la semana, todas ellas con reporte inmediato a Madrid –bien a Cospedal, bien a Arenas, según la mayor o menor radicalidad en las posiciones–, pero todas también con el mismo objetivo: dirigir el partido en la Comunidad Valenciana dado que se da por sabido y aceptado por parte de sus primeras figuras, tanto en Valencia como en la sede central de Génova, que el que ya no lo dirige es el presidente Camps.
Los tres presidentes provinciales, Carlos Fabra, Alfonso Rus y Joaquín Ripoll, tal como contamos el jueves algunos periódicos, mantuvieron un encuentro en persona (los telefónicos son permanentes) para empezar a trazar la hoja de ruta. De momento, sobre la base de que Camps sigue como presidente de la Generalitat. Pero también con la convicción de que difícilmente acabará la legislatura. Por el momento, los barones no reconocen ni a Maluenda como portavoz en las Cortes Valencianas, ni a César Augusto Asencio, cuyo nombramiento como secretario general del partido en sustitución del defenestrado Costa dejó estupefacto al mismísimo Rajoy después de que en Madrid vieran cómo todos los periódicos de España rescataban de la hemeroteca de «Información» la carta que escribió en 1979 negando el holocausto y mostrándose más que condescendiente con el nacionalsocialismo. No los reconocen, ni a Maluenda ni a Asencio, a los que ningún comité ejecutivo ha nombrado, ni siquiera en funciones. Así que buscan sustitutos y, en cuanto los tengan decididos, se lo trasladarán a Camps, no como una petición, sino como una instrucción. Ésa, y la de que renueve casi al ciento por ciento su equipo en Presidencia. Hubo incluso presidente provincial que planteó la necesidad de remodelar de nuevo el Consell, cuando aún no hace dos meses de la última crisis de gobierno. Pero imponerle eso, que es una prerrogativa constitucional y exclusivamente suya, al presidente, sería tanto como ponerlo de patitas en la calle. Bastante desautorizado quedará ya si tanto Maluenda como Asencio tienen que dejar los cargos para los que Camps acaba de designarlos e irse por la puerta de atrás. Si aún siguen, sólo es porque los propios presidentes provinciales no se ponen de acuerdo, por cuestiones meramente tácticas, en quiénes serían los sustitutos más idóneos. Aunque por ahora lo que sí han decidido es controlar de cerca lo que se hace en la sede del partido, por donde pronto empezarán a verse con asiduidad a los vicarios (¿sicarios?) de los tres barones.
Como ya se señaló aquí la semana pasada, junto a ese triunvirato que poco a poco va haciéndose, o al menos intentándolo, con el poder real para ocupar el vacío dejado por Camps después de su acumulación de malos pasos, hay otro trío que también se reúne y también cuenta: el de los alcaldes de capital. Alberto Fabra, de Castellón; Rita Barberá, de Valencia; y Sonia Castedo, la alcaldesa de Alicante. Cada uno atraviesa por circunstancias distintas: Fabra, que no tiene nada que ver pese al apellido con Carlos Fabra, es a juicio de muchos el aspirante más claro a la presidencia de la Generalitat que el PP puede presentar si Camps tiene que irse precipitadamente en las próximas semanas o meses. El futuro político a Sonia Castedo, salvo que surjan asuntos judiciales que enmarañen su carrera, no se lo niega ni siquiera Ripoll, pero para ella basta y sobra por el momento con tener voz en algunas de estas reuniones porque es demasiado pronto para ninguna otra cosa: ni siquiera ha pasado la reválida de las urnas; por mucho que en un año se haya ganado el puesto, ocupa la Alcaldía porque quien ganó las elecciones dimitió para cedérsela.
La pieza clave, en todo caso, sigue siendo Rita Barberá. No sólo porque para muchos sería la mejor solución de urgencia si el PP tuviera que forzar a Camps a dimitir, sino porque la fuerza de los votos, el dominar como domina la tercera ciudad de España, y la experiencia, hacen que sea la interlocutora privilegiada entre los dos grupos que se han erigido en el poder real dentro del PP y el propio Camps. Hace unos días, su casa fue escenario de una cena a la que asistió (por cierto, con fiebre) el presidente. Y allí oyó análisis muy duros de boca de Carlos Fabra; pero aún tuvo que aguantarlos más contundentes de Rita Barberá, que, sin retirarle su apoyo, le dejó muy clara la grave situación política por la que atraviesa.
Entre tanto, en el PP se han extendido dos nuevos temores. Uno a corto plazo: que en breve, quizá este mismo fin de semana, se publiquen nuevas filtraciones comprometedoras del caso Gürtel, que en esta ocasión estarían relacionadas con la organización de la Volvo, la Vuelta al Mundo a Vela que salió el año pasado desde Alicante, y la actuación del vicepresidente Rambla. Si esas filtraciones revelan presuntas irregularidades de forma solvente, muchos dan por sentado que el partido no podrá sostener por mucho más tiempo a Camps.
El segundo temor es el de que un Camps acorralado por su propio partido fuera capaz de abandonarlo, sin renunciar al escaño, y arrastrar con él a cinco o seis diputados de los que saben seguro que sin él no repetirían. La inmensa mayoría del PP cree que eso es impensable. Algo que Camps, al que se sigue considerando un «hombre del PP», jamás haría. Pero otros, aunque sea con la boca pequeña, recuerdan sus veleidades nacionalistas y el hecho de que el valencianismo político está, desde la desaparición de González Lizondo, huérfano, pero en sus buenos tiempos llegó a decidir gobiernos pese a no tener base más que en una de las tres provincias. En Madrid nadie se toma en serio una posibilidad como ésa, y en Valencia nadie quiere siquiera contemplarla. ¿Pero hay alguien hoy en el PP capaz de poner la mano en el fuego por algo o por alguien? Pues eso.