Hay medio escandalete porque Ralph Lauren ha puesto en Japón un anuncio de ropa con una chica que tiene un rostro ovalado y carnoso y luego un cuerpo más juvenil o más delgado con una cintura tan estrecha que acomplejaría a una avispa y haría que se picara. El resultado anatómico es poco funcional… cercano a seres mitológicos como la arpía o la sirena, que, aparte de dar miedo, parecen incapaces de funcionar bien como organismos. No es tanto una flaca cabezona como un rostro con una boca que puede ingerir más de lo que el estómago podrá digerir, con una nariz a la que los pulmones protegidos en esa caja torácica no le van a responder cuando tome aire. Afortunadamente, la criatura de la foto no existe. Tiene el cuerpo de una mujer y la cabeza de otra. A la cabeza le ha enfadado que le pusieran un cuerpo tan delgado en vez de dejarla en el suyo, mejor proporcionado, y también que le pusieran las patitas en la calle alegando que le sobraba volumen. El cuerpo no se ha quejado, seguramente porque no tiene cabeza.
A la publicidad le hemos ido aceptando toda su estilización. Para vender a personas normales, acudieron a modelos que idealizaban al consumidor medio. Luego buscaron bellezas excepcionales que, en seguida, dejaron de servirles como eran y los mejoraron con postizos (uñas, pestañas, melenas, pechos). Al tiempo, trabajaban con modelos parciales y la crema de manos y cara se anunciaba con una cara de mujer muy bonita y las manos preciosas de otra. Hay una marca de champú que se anuncia con melenas que no existen —que están engrosadas y abrillantadas por ordenador— y les ha puesto su marca como apellido. Se ha pasado de las modelos excepcionales —bellezas de las que hay pocas— a las modelos inexistentes, sea porque se retoca tanto la imagen de una persona que acaba siendo otra que no es ninguna, sea porque se crea una nueva con dos o con seis pedazos. El trabajo está entre lo que hacía Jack el Destripador y lo que logró el doctor Frankenstein. Se ve en la foto de la inexistente chica de Ralph Lauren.