Una de las vicisitudes más aleccionadoras que nos ofrece la vida contemporánea es, sin duda, la visita a una sucursal bancaria. Denostado el sistema financiero en su conjunto por sus recientes –y carísimas– extravagancias, el descenso a lo concreto no tiene, sin embargo, desperdicio alguno. De modo que, con su permiso, vamos a darnos una vueltecita por la oficina más cercana a nuestro domicilio. Precavidos como somos, hemos concertado cita con nuestro «gestor personal» a las diez y media en punto de la mañana. Llegamos, por cortesía, cinco minutos tarde. Preguntamos por él pero, vaya por Dios, sigue con «otro cliente». Nos invitan a sentarnos y esperar. Varias docenas de folletos que ofertan productos de la entidad nos ofrecen consuelo visual y lectura para entretener la espera. Que va a ser larga. Llamamos a mamá por el móvil, que nunca está de más. A los veinte minutos nos levantamos, inquietos. Hacemos la lista de la compra de la semana. A los treinta, observamos el reloj ostensiblemente y decidimos clavar nuestra mirada en la señora del mostrador de recepción. A los cuarenta, casi decidimos marcharnos, pero entonces llega él. Nos estrecha la mano con estridencia y se disculpa por el retraso sin energía alguna, como si hubiera sido cosa de cinco minutos.
Nos hace pasar a su cubículo y, pese a no tener ni la más remota idea de quiénes somos, nos trata con absoluta familiaridad. «Recuérdame tu NIF para tenerte en pantalla», pronuncia solícito. Le proporcionas el dato y esperas. Al cabo de varios minutos, sigues esperando. «Es que hoy el sistema va lento», te dice el propio, al tiempo que se levanta y va a charlar/ligar con la chica del escritorio colindante. Uno ya tiene asumido que los ordenadores de los bancos son los más lentos del mundo, así que no hay que alborotar. Mente en blanco. El chico vuelve y se coloca ante la pantalla con delectación. Entonces te llama por tu nombre y te ruega le recuerdes a qué venías exactamente. Se lo aclaras y, mientras vas hablando, el tipo aporrea el teclado del ordenador. A dos dedos, pero con una velocidad y un ímpetu que explican la lentitud de la máquina: de alguna manera se tiene que vengar del maltrato al que la someten. «Correcto, claro, aquí lo tengo todo», te dice, abriendo una puerta a la esperanza. «¡Uy!, pero aquí me hace falta autorización de Madrid», corrige. «¡Pero si esto es Caixa Ourense! (por poner una)», le dices tú. Pero él ya está marcando un teléfono que nadie atiende, mientras sus dedos siguen apretando teclas y más teclas.
«Mira, iremos adelantando trabajo. Tienes que firmar unos papeles», añade optimista. En los bancos, al parecer, todavía no han captado que nos estamos cargando los bosques del planeta y siguen consumiendo toneladas y toneladas de celulosa. Se levanta de un salto, deja el teléfono en altavoz y se acerca a una impresora. Vuelve con un centenar largo de impresos y te va explicando para qué es cada cosa. No entiendes una palabra, pero firmas. En Madrid no dan señales de vida. Llevas dos horas y media en el banco y ya tienes hambre. Te duelen los dedos de tanto firmar. Pero a tu «gestor personal» nadie le va a robar el optimismo. Para él es el pan nuestro de cada día. Tú sólo venías a cancelar un depósito. Piensas en la competitividad de la economía española, te acuerdas de los ancestros de tu gestor y no logras comprender cómo nuestros bancos pueden ganar el pastón que ganan año tras año. Tiene que haber gato encerrado.
Y te consuelas con el hecho de que, al menos, no te ha pasado lo que le sucedió a unos señores de Fulwood, Lancashire, cuando fueron a cerrar la cuenta de una familiar fallecida pocos días antes. Un simpático empleado de la sucursal del Natwest Bank de aquella localidad los hizo pasar a su despacho, al poco tiempo les informó que tenía que hacer fotocopias de unos documentos y sencillamente se olvidó de regresar. Cuando los clientes comenzaron a impacientarse, se dieron cuenta que allí ya no quedaba nadie. El banco había cerrado sus puertas. Histéricos, apretaron un timbre del mostrador de la entrada y una atronadora alarma estuvo a punto de dejarlos sordos. La policía llegó una hora más tarde.