Siempre nos han dicho, y nos lo hemos creído, que existen tres mundos, subrayando una división dolorosa que pone a cada uno en una casilla jerárquica desde donde mira a los demás. Pero resulta que no es verdad, y ahora nos hablan del cuarto, ese que está por debajo del tercero y que no para de crecer. Con más hambre, con más miseria, con más tristeza y con más rabia. Mientras, los otros mundos, disimulando.
Y ahora, mira por dónde, aparece otro mundo más, pero éste está en el otro extremo, podríamos llamarle el supermundo, y también crece. Está compuesto por banqueros con jubilaciones de escándalo; por tipos con contratos blindados a prueba de crisis y con cifras que almacenan ceros a la derecha; por tramas bigotudas con flotas de yates y coches de gama súper; por políticos amigos de lo ajeno, cuyo patrimonio aumenta por arte de birlibirloque; por sociedades opacas creadas por la más refinada ingeniería financiera a salvo de cualquier impuesto que se acerque; por deportistas de élite con ganancias enormes no al mes, sino al día; y toda una fauna de personajes que se enriquecen en minutos de una forma poco decorosa y, encima, se jactan de ello.
Lo peor de todo esto es que esos mundos, del súper al cuarto, conviven en éste, estamos todos dentro; el mendigo que duerme en la calle se tapa con esos mismos periódicos que describen las riquezas de los otros; el parado ha de tragarse un telediario donde miden el valor de cada segundo del futbolista de moda que se ha lesionado; el que no llega ni a mileurista, con un contrato basura a cuestas, ve como aquél exhibe un peluco de inox que vale 20.000 del ala, es decir, más de dos años de su exiguo sueldo temporal, y el que escarba en la basura buscando un yogur caducado mira a través del escaparate cómo otros se dan un festín celebrando cualquier evento trucado que hemos pagado todos.
No sé cuántos mundos más cabrán en éste, pero según van creciendo las distancias entre ellos, el desencuentro está servido, la convivencia se hace más complicada y resulta más y más difícil justificar la ley y el orden cuando el desequilibrio reina por doquier.