En los últimos años la economía ha sido el centro de nuestras vidas. Enterradas las utopías bajo los escombros del muro de Berlín, el capitalismo fue presentado como la única vía para que las sociedades prosperasen, gracias a los efectos benefactores de ese mercado que llega a todos los rincones, con su cargamento de progreso y libertad.
La socialdemocracia colaboró al máximo en pregonar el «fin de la historia» que teorizara Fukuyama; Felipe González y sus ministros olvidaron los ideales que hasta entonces decían profesar, pasando a efectuar públicas llamadas al capitalismo internacional para que viniera a invertir en aquella nueva España, donde tantas oportunidades de hacer negocios (opas, pelotazos, fusiones, privatizaciones…) se abrían.
Los cambios que en la sociedad se han producido son hijos de esta nueva religión. No hace falta que señalemos sus rituales e iconos, porque todos los estamos viendo a nuestro alrededor. Los propios obreros han abrazado los principios de sus explotadores, y en lugar de combatirlos y exigirles una mejor distribución de la riqueza, han pasado a admirarlos e imitar su forma de vida. Muchos incluso se sienten parte de ese capitalismo, simplemente por ser futuros propietarios de una vivienda hipotecada durante 25 años o por conducir un coche comprado a plazos.
El capital ha incrementado considerablemente sus beneficios con la globalización y las privatizaciones. Las empresas multinacionales y los bancos han hecho fabulosos negocios con la explotación de los recursos del planeta y de la mano de obra, sometida a políticas de moderación salarial y recorte de derechos con la inestimable colaboración del sindicalismo institucional.
Mientras la pirámide inversora crecía, no había mayor problema, pero cuando algo ha empezado a fallar, el castillo de naipes ha iniciado el desplome imparable. Los bancos y las aseguradoras sólo tienen en su poder hipotecas y pagarés, porque el dinero lo han invertido en paraísos (fiscales) exóticos y operaciones de alto riesgo. Por eso dicen que el sistema está en peligro, y exigen (consiguiéndolo) que los gobiernos les ayuden y asuman los costos de sus arriesgadas aventuras inversoras.
Nuestros impuestos son incrementados para que el Gobierno pueda socorrer bancos y transnacionales, al tiempo que salarios y servicios sociales se deterioran como nuevo sacrificio de las clases populares en beneficio de los multimillonarios, a los que no hay dios que les congele sus emolumentos ni les importa la subida del IVA.
Ha sido un gesto muy esclarecedor la celeridad y la generosidad con que se han aprobado las ayudas a los bancos (o la rapidez con que se firman los ERE para pagar despidos en empresas con grandes beneficios) frente a la tacañería y la tardanza en asignar 420 euros, durante seis meses, a una pequeña parte de los parados.
Después de tres costosas reuniones del G-20 (en las que se ha añadido una silla para Rodríguez Zapatero), los máximos representantes del mundo capitalista siguen sin encontrar una receta para salir con éxito de esta crisis, seguramente porque no la hay. Se limitan a poner parches –en forma de ayudas a las entidades financieras–, pero no se atreven a proponer ningún cambio significativo frente al sistema económico que ha llevado al planeta al borde del precipicio ecológico y ha sido incapaz de asegurar derechos y recursos básicos para todos los seres humanos.
Secretario general de CGT-PV