Creíamos que nada podía ser más horrible que los crímenes de los carteles colombianos o de la mafia siciliana, pero un día las páginas de los periódicos se llenaron de montañas de víctimas desnudas ultimadas en un parque o de cabezas cortadas esparcidas en la pista de baile de una discoteca michoacana. Estuve hace unos veranos en Michoacán: buscaba un campo de lava situado tan alto que allí, en pleno agosto, encendí la chimenea. Parte del camino hube de hacerlo en taxi porque mi bus había sido bloqueado por una protesta de los comerciantes locales contra la inseguridad: la provocada por carteristas y descuideros, seguramente más dañinos para sus intereses que los narcos.
De narcovaqueros de frontera, asesinos a sueldo, agentes dobles, sicarios y agencias estatales, destinadas casi siempre a destrozar más cosas de las que arreglan, va la novela que acabo de leer: El poder del perro, de Dan Winslow, en la mejor tradición anglosajona de la narración de puro músculo donde las notas líricas son tan menudas y prodigiosas como el parpadeo de una estrella en una noche más negra que la tinta china. Mucho más bronca y desasosegante, desde luego, que Stieg Larsson. También más tierna y más masculina. En un ataque de entusiasmo perfectamente comprensible, el traductor la ha comparado con la tolstoiona Guerra y paz, pero aquí no hay paz, sólo treguas muy precarias ganadas tras un profundo calvario (la religión también empapa cada página).
Desde que Gran Bretaña atacó a China por dos veces para abrir su gigantesco mercado al opio indio, que los poderes terrenales han usado las drogas para humillar a un bando o reforzar a otro para servirse una excusa intervencionista, para bendecir una cruzada redentora. La prohibición refuerza los usos perversos y las ganancias. Trasladar la guerra de Colombia a México tuvo sus ventajas para el imperio: ahora recupera gran parte de los dólares que se le escapaban y los muertos son mexicanos. Todo eso lo cuenta Winslow con un poder y amplitud nunca vistos.