Tres barones y alguno más

 
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Jesús Civera

Los presidentes provinciales del PP han vuelto a la vida. De momento, ya se les denomina barones, lo cual es un salto cualitativo. Han ascendido de categoría filológica, señal de que la cosa les va bien. Un presidente provincial es algo común, insulso, de apariencias administrativas. El barón encierra una carga semántica superlativa: peso político, territorio propio, decisiones majestuosas. Ripoll, Fabra y Rus estaban como muy aplatanados –Ripoll menos, es la verdad– puesto que, sobre sus cabezas, existía un poder omnímodo. En realidad, ellos eran el poder, pero no lo ejercían, sólo lo simbolizaban. Ahora han transformado esa figuración en un producto de consumo: practican el cargo y lo desempeñan. La máscara ya tiene función.
Todo comenzó con el caso Gürtel. La deidad de Camps bajó de los cielos, se desplazó y abrió un espacio inmenso, orillado de espinos, por el que han penetrado, uno a uno, los presidentes provinciales. Cuando la fragilidad adquiere volumen, de inmediato surgen voces deseosas de cubrir los huecos y demostrar su supremacía (o cotejar sus dominios). En política, horadar cavidades en el entorno supone un suicidio. Por otra parte, los barones, como pilares sustantivos del edificio, son conscientes de que han de apuntalarlo para que no se desmorone. Pero, a la vez, saben también que las columnas suelen perpetuarse a poco que el inmueble continúe débil y quebradizo. Es el caso.
Y en eso están. Rus aspira a constituirse en un Ripoll o en un Fabra, pese a que el contrapeso de Rita es muy sólido. Ripoll mantiene su señorío realengo en Alicante, con los restos campsistas descompuestos. Apostará muy fuerte contra Camps, primero en el partido, después –si puede– en el Consell. Y Fabra ocupa un lugar geométrico casi metafísico. Siempre hay que contar con él.
En la reparcelación del poder y la supuesta «toma» del palacio de invierno de los barones tiene mucho que ver Madrid. Bajo el móvil de cada acción, de la más insignificante o de la más sublime, se esconde un grano de confianza o de ambición. Se obra porque se espera conseguir algo. Y Génova les alimenta el deseo. La complicidad mesetaria es manifiesta. Génova actúa como el Vaticano: sugiere, aconseja, insinúa. Ni una mala palabra, ni una orden tácita, ni un mandato abultado. El resto es sabido. Las llamadas de Madrid a Rus, Fabra y Ripoll son suficientes para activar el virus dormido, para excitar el instinto depredador. Ése que anima, dicen, a los «buenos» políticos. Madrid «cuenta» con ellos y con eso basta. Ripoll ha reanudado el diálogo. Rus se realiza. Fabra siempre ha estado mancomunado, entre un paisaje sembrado de altibajos.
Bajo la estimulación de Madrid, piden, piden y piden. Y, por primera vez, escenifican su «desacuerdo» con el presidente. ¿Quien ha elegido al sustituto de Costa? Asencio es repudiado. ¿Quién al portavoz? Maluenda no les satisface. ¿Por qué no se les preguntó? ¿Por qué no se revisa el Consell? ¿Por qué...? Los barones se sienten diligentes para superar la crisis pero en realidad proyectan sus sombras sobre otro escenario, que posee ángulos vidriosos. Más allá de los sobresaltos diarios, de los enunciados perversos, de las reuniones triviales y de las mentiras, los jefes provinciales sobrevuelan la posible «sucesión» de Camps en el caso de que los tribunales labraran un caldalso a medida. Y de nuevo aquí regresa Madrid como medida de todas las cosas. Los barones desean estar bien situados si se plantea las posibilidad del relevo. Rajoy, también. ¿Controlaría Rajoy esa transición? A eso parece jugar y a eso, en correspondencia, se dedican –en parte– los barones.
Con Costa o sin Costa. Ricardo Costa continua siendo secretario general, por mucho que Madrid se empeñe en suprimirlo del mapa orgánico del PP valenciano. No posee firma ni ejerce. A todos los efectos, está «suspendido» temporalmente. Su cargo, vacío de competencias. Y Asencio ocupa su puesto de forma provisional. Costa ha presentado la documentación en Madrid y espera una respuesta. Madrid no se va a pronunciar. Considera que Camps ha de decidir. Con lo cual, se agranda el círculo vicioso, que ya ha adquirido tonos de sainete. Que el PP permanezca en ese sainete, bajo la homérica tempestad, es inaudito. Uno. No se convoca al Comité Regional –que debe relevar estatutariamente al secretario general– porque se espera una respuesta de Madrid. Dos. Madrid entona una romanza y mira hacia otro lado. Tres. Los vocales nombrados en el último congreso del PP no poseen peso suficiente –o así se considera– para administrar el partido y sustituir a Costa. Cuatro. Como el «material» congresual es flojo, la solución intermedia parece buscar el sentido común: un coordinador como Alberto Fabra –o Rita o algún vicepresidente– con autoridad sobre barones, duques, caballeros, tambores y tropa. Una ecuación que ya dibujó Aznar con Cascos y Acebes. Mientras tanto, el tesón de residir en el limbo es perjudicial y tapiza de titulares uniformes –o hermanados– el día a día. A vueltas con lo mismo, y sin solución. El PP parece el PSOE.

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