Hace tiempo, un arquitecto que ejerce en un organismo público manifestaba en privado la misma opinión: el riesgo de subordinar la conservación del patrimonio histórico-artístico a su explotación turística. Más recientemente, un diario de Madrid publicó un duro artículo sobre la utilización turística de las catedrales. Me referiré a un ejemplo, específico y de actualidad, observado en la de Valencia. Después de unas obras terminadas a principios del pasado verano, el día 6 de octubre se presentó en la metropolitana la restauración de dos sepulcros medievales de la capilla de Sant Jaume, en la girola de la misma iglesia, con explicaciones de los restauradores, del arquitecto y del conservador de la catedral, mostrando su satisfacción por dichos trabajos.
Es de lamentar que a algunas personas no les resulte inconveniente la aplicación de una escenografia impropia en un espacio sagrado, expresamente destinado al culto, por su mayor atractivo para el público, que paga una entrada para visitar esta iglesia. El lector juzgará si es o no admisizble la adaptación del sepulcro gótico del obispo Andreu d´Albalat, acabada de hacer, según parece siguiendo instrucciones del arquitecto de la catedral. El sepulcro, una arca prismática de piedra marmórea, con estatua yacente del prelado y arquerías ojivales con decoración de animales fantásticos, tiene en ambos flancos un gran escudo con las armas del difunto, una ala de oro en campo de azur, ya sin su policromía original. La tumba estuvo hasta la reforma neoclásica del siglo XVIII en la girola, apoyada en su pilar central, sostenida sobre tres columnas, y en aquella época, después de abrirse y examinarse, fue recolocada empotrada en el muro del Evangelio de la capilla vecina de Sant Jaume, siendo visible sólo desde entonces la cara anterior del arca.
Quizá por este traslado, el sarcófago sufrió la rotura y pérdida de un buen trozo del flanco izquierdo, más o menos triangular, justo debajo de la tapa, como se ha visto al extraerse para su restauración y exposición en el 2008, con motivo del centenario del nacimiento del rey Jaime I, del que el mismo obispo había sido canciller. Este fragmento faltante era de esperar que se reparara por los restauradores, culminando la buena obra realizada, cosa que parecía dentro de toda lógica. No ha sido así. La pieza, realmente bella, ha sido reubicada en su capilla, mostrada ahora en toda su integridad, con la antiestética rotura en su parte más visible desde la girola, y para sorpresa de algunos, entre los que me cuento, incluidos miembros del clero catedralicio, la caja de madera decorada que alberga los restos del obispo ha sido sobreelevada artificialmente en el interior de la urna pétrea con objeto de que pueda advertirse a través de dicho agujero-ventana, dotado de un cristal cortado a la medida. Para mayor espectacularidad, en el interior del sepulcro una instalación eléctrica sirve para iluminar la caja mortuoria.
La ventana dejada a propósito se acerca bastante a una profanación de la tumba del obispo al que se debe la fundación de la iglesia catedral, cuya primera piedra puso en el año 1262. La lápida conmemorativa colocada en aquel año en el pilar central de la girola, cubierta después por la reforma neoclásica de 1775, pero probablemente aún hoy conservada debajo de los estucos, ha sido ahora copiada (según una transcripción no del todo correcta hecha en el siglo XVIII) y colocada en la misma capilla. Sin embargo, las dimensiones de la placa son tan pequeñas, cuando era una inscripción grande según autores de la época, y se ha colocado en lugar tan inadecuado, junto a la arqueta de dos infantes reales del siglo XIV (de identificación insegura) situada enfrente de la tumba episcopal, que es imposible de leer y no tiene realmente sentido. Hay, además de la irreverente ventana, que podía haberse suplido por una fotografía de la caja mortuoria en la tabla explicativa, el peligro, como no pueden ignorar los responsables, del calor que desprende un foco de luz, situado junto a una caja de madera y unos restos humanos, y, si ello no es así, de unos cables eléctricos que en algún caso han podido ser ocasión de incendios, conocidos en otros edificios históricos.
El obispo Fr. Andreu d´Albalat, dominico, fue el fundador de la gran catedral gótica que ha llegado hasta hoy; por esta razón fue enterrado en sitio tan preeminente, hasta que los neoclásicos, siglos más tarde, lo relegaron a más modesto lugar. Fue además, en un pontificado largo y brillante (1248-1276), el gran organizador del obispado de Valencia restaurado por Jaime I, a través de la celebración de ocho sínodos diocesanos. Canciller del mismo rey, fue tan valorado por el papa Gregorio X que, después de asistir al concilio ecuménico de Lyon de 1274, lo envió por legado a Alfonso X de Castilla, para instarlo a renunciar al Imperio alemán, que vanamente pretendía. Vuelto a Italia a informar al pontífice, falleció en Viterbo en noviembre de 1276, y su cuerpo fue trasladado a su sede episcopal. Decía el P. José Teixidor, el más crítico y documentado de nuestros historiadores del siglo XVIII, que no hay prelado al que deba más la Iglesia de Valencia.
Creo que son razones bastantes para pedir la revisión de la intervención expuesta. Simplemente, no es digna de un templo cristiano, por respeto a la persona enterrada y a la propia catedral, y sería duro que nos hubiéramos de acostumbrar a semejantes procedimientos. Queremos confiar en el buen sentido del Cabildo.