Mientras a los agricultores de Tarragona –donde hay un núcleo muy combatiente desde los tiempos en que Carrillo usaba peluca– se les niega un precio razonable por sus cosechas (al tiempo que les atiza la policía autonómica), en mi barrio proliferan las verdulerías precarias y baratas con material de origen desconocido y calidad intermitente. Sólo los tontos confunden a la policía con el orden que profesionalmente han de mantener: como ese orden no es muy justo, sus porrazos tampoco lo son, principio de traslación. Tal vez ayudaría que los gobiernos teóricamente socialdemócratas, lo fueran un poco y no me vengan con la milonga del mercado libre y la competencia: los banqueros se han acogido a las ayudas del Estado y si ellos no creen en el capitalismo ¿por qué iba a creer yo?
Todo cambia muy deprisa: hubo un tiempo en que las grandes superficies ofrecían frutas y verduras muy deficientes. Era el gran nicho ecológico para los pequeños comerciantes. Ahora parece que los supermercados han mejorado el género un poco, mientras la pequeña verdulería toma el camino de la calidad primorosa o se extravía en el infierno de los mayoristas de Calcuta. El otro día Cristino Álvarez nos contaba cómo se preparó las primeras setas de la temporada (a cincuenta euros el quilo). Las había comprado en una verdulería de su barrio que se llama Frutas Vázquez, aunque la gente la conoce por Joyas Vázquez.
Este desajuste se produce en la estación en que más profusa se muestra la naturaleza en dones: trufas, hongos, caza, uvas, caquis, granadas... y dice Arsuaga que ya ocurría en tiempos del hombre de Atapuerca (aunque no me acabo de creer que se preparase una especie de pan de bellota). Hemos conseguido implantar la roña en el mismo cuerno de la abundancia y la verdad es que es la segunda vez que sorprenden al conseller Saura y al tripartito aplicando dosis exageradas de presión policial contra manifestantes (y periodistas con chichones) que sólo se quejan porque los políticos, concretamente los suyos, no hacen su trabajo.