A la italiana, no, por favor

Jesús Civera

 01:26  

La España de la desmembración del feudalismo supuró un caciquismo brutal y, años más tarde, el fascismo nacionalizó todos los recursos para repartirlos entre las familias afines al régimen. La jerarquización franquista exigía adhesiones inquebrantables y vetó cualquier signo de vida ajeno a su aceptación indisoluble. La sociedad se aferró a ese sistema y acabó aceptándolo. La corrupción institucionalizada proviene de esos estadios, separados por decenas de años, pero erigidos sobre una corriente continua. Sucedió en España y sucedió en Italia, donde la Democracia Cristiana abortó también cualquier savia divergente con la administrada por «los amigos». El resultado ha sido la política de la impunidad.
¿He dicho Italia? Sobre el país que intentó unificar Garibaldi pende un descomunal matiz. Allá en Sicilia, bajo el desmoronamiento feudal, en los intersticios entre las oligarquías y los campesinos, se levantó un sistema de poder criminal llamado Cosa Nostra, la madre de todas las mafias italianas. Cuando evolucionó y se hizo urbana, llenó el agujero entre los gobernantes y los gobernados y se infiltró en el poder político. El económico ya era, en parte, suyo.
Hay una línea de sombra que lleva de Andreotti a Berlusconi. Hace diez años, el senil político italiano que ocupó cargos en todos los gobiernos de la DC desde la segunda guerra mundial, fue absuelto de dos delitos. En uno se le acusaba de formar parte de la Cosa Nostra. El juicio tuvo lugar en Palermo. En el otro, se le juzgo por asesinato. El proceso, en Perugia.
Dijo Gore Vidal que Sicilia fue liberada a medias por Lucky Luciano y por el ejército norteamericano. Algo de eso hubo, porque EE UU la ocupó en sólo unos días ante la sorpresa del mundo. Pocos años después, apareció en escena Salvo Lima, líder de la DC, amo y señor de Sicilia durante cuatro décadas. Ocupó altos cargos con Andreotti. Fue asesinado por la Cosa Nostra durante el proceso contra la mafia. Lima fue uno de los brazos políticos del crimen organizado. Cuando ya no les servía, lo hicieron desaparecer. ¿Fue el todopoderoso Andreotti otra de sus flores políticas? La DC estuvo envuelta por la mafia. Y la fenomenal corrupción de la etapa socialista, que acabó con Craxi en Túnez, permitió también que los intereses mafiosos devoraran la vida parlamentaria sin distinguir entre derechas e izquierdas. El dinero del crimen organizado circula hoy por los altares de las finanzas mundiales.
Los puntos ciegos que quedan por resolver en la democracia española –a la que accedimos el otro día tras siglos descolgados–, con sus retrocesos y sus chapuzas, ¿son asimilables a Italia, donde se erigió un Estado paralelo? El fantasma de Andreotti flota sobre las espaldas de Berlusconi al igual que las décadas de sometimiento de la política a los «amigos» se manifiestan sobre la Italia actual.
El nepotismo, el clientelismo político, la falta de honradez de las sociedades mediterráneas, la extensión de la cleptocracia en los intersticios del sistema corroen la política española. Pero la inseguridad jurídica italiana –el ataque frontal al Estado de derecho– y los efluvios de ese poder paralelo bañado en sangre, son propios de cualquier satrapía. Aún así, la «sociedad civil» italiana nos da sopas con honda en casi todo, de la educación a la iniciativa empresarial.
Sólo los políticos incautos o los crédulos –que repiten los mensajes– establecen analogías con Italia. En Valencia, por ejemplo, el estribillo es ordinario. Pese a constatar la inexistencia de la Cosa Nostra, la candidez de los propagandistas de la semejanza resulta deliciosa.
César Augusto Asencio. El vicesecretario del PP y sustituto provisional del secretario general admitió ayer su carácter interino hasta que se resuelva el caso de Costa. O hasta que no se resuelva. Es decir, hasta que se nombre a otro dirigente para desempeñar el cargo. El embrollo es digno de un culebrón latinoamericano, desde luego. Sobre César Augusto Asencio, además, han caído rayos y centellas desde aquella tragicomedia a la que se le denominó Comité Regional, hace algunas semanas. Sin comerlo ni beberlo, el alcalde de Crevillent amaneció ascendido en el organigrama del PP y desde entonces su calvario y crucifixión ha incluido un variado repertorio de saetas. Desempolvaron una carta de sus años mozos negando el Holocausto –propalestina al mismo tiempo– que llegó a oídos de Zapatero en su visita a Israel y que hoy vuela por algún despacho activista de Bruselas o Estrasburgo. Le negaron el pan y la sal por «cubrir» un puesto sin la agilidad y la dedicación de su antecesor. Y ha acabado su nombre restregado por las esquinas de los barones, ejecutado sin haber abierto la boca. Lo puso Camps. La disciplina del partido es una maquinaria férrea que no acepta discusión (sólo discutió Ricardo Costa, y por eso es ensalzado por la opinión pública, que le ha convertido en héroe). Asencio sólo pasaba por allí. Y pasaba en el peor momento. El resto es la historia de un ajusticiamiento, y muy cruel.

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