La batalla de Madrid se traslada a Valencia. No es ninguna novedad. Así ha sucedido en el PSOE desde tiempos remotos, así sucede hoy en el PP. En épocas de excelencias, apenas se nota esa dinámica centrípeta. Cuando estallan las crisis, la manifestación de sucursalismo de los partidos «autonómicos» ilumina de inmediato la atmósfera política: su transparencia como espejos de las guerras «nacionales» es cristalina.
La pieza que ha girado sobre el eje de la dicotomía entre los dos PP –personificados, por ahora, en Aguirre y Rajoy– ha sido la figura de Ricardo Costa, que pasaba por allí. Es decir, pasaba por las grabaciones del caso Gürtel. ¿Por qué ha tensado tanto la cuerda el secretario general en funciones en su desafío a la dirección nacional? Es cierto que se ha sentido maltratado –Madrid no le ha escuchado– y los actos reflejos políticos, en última instancia y más allá de las convicciones, atienden a las emotividades. Pero eso no basta. El desafío de Costa afectaba a Rajoy pero también a Camps, que no sabe cómo salir del atolladero.
La guerra en el PP nacional, cuyo último epicentro ha tenido lugar en Caja Madrid –a Cobo están a punto de expulsarle por una declaraciones contra Aguirre–, ha estado larvada en la CV hasta este momento. Corría como un río subterráneo. Costa la ha abierto en canal. En los procesos de desequilibrio, los elementos se distribuyen al azar, como en un juego loco, hasta que encuentran al fin sus casillas correspondientes. Y el trueno sobre Costa indica que la transición en el PP valenciano se ha abierto de forma definitiva. Nadie sabe a dónde conducirá, pero al menos se sabe que nada será lo mismo. Cuando el ciclo de la metamorfosis queda inaugurado, los dirigentes intentan acotar su porción de territorio. El primero, Rajoy. Su deriva como tutor o representante en la CV le debilita en Madrid, donde mantiene desequilibrios constantes. ¿Les serán fieles los Costa? ¿O sufrirán la atracción de buscar alternativa? Juan Costa ya dispuso su perfil bajo el contraluz de Rajoy. Fue su hermano Ricardo, precisamente, quien avaló al actual presidente del PP respaldándole a él y a Camps a la vez. Hoy está suspendido de militancia. Es decir, castigado. La represalia ha sido discordante con la de Cobo aplicando el mismo principio: el de indisciplina («por su actitud»). Al fin y al cabo, quien debía retirar a Costa de su cargo era el PP valenciano, no el nacional.
Costa, sin embargo, sólo actúa como una pieza accesoria en el dominó del PP. Todos los movimientos cardinales conducen a Camps. La endeblez de Camps es la de Rajoy. Derribándole, lapidan también al presidente del PP. Buena parte de los ajetreos internos de ese partido contra el presidente del Consell, y de los levantamientos mediáticos paralelos, apenas tienen que ver con la higiene democrática. Tienen que ver con el debilitamiento de Rajoy, el trofeo de caza, y los anhelos apasionados por situar en lo más alto del retablo a Aguirre. Sobre esa dimensión –que a veces subestima la capacidad de estupefacción de los ciudadanos– anidan fuerzas antagónicas con un motor común. Y muy vistoso.
Tras el ritual de purificación de Ricardo Costa, la batalla de Madrid ha pasado a ser, de forma descarnada, la batalla de Valencia. ¿Con quién ha de estar Zaplana –y con él Ripoll– sino con Aguirre y sus padrinos? ¿Y Fabra? ¿Y los Costa? ¿Y Camps, si Rajoy acaba por crispar más a sus fieles? Conviene establecer pronto la foto fija, porque preguntar por los detalles en las autodestrucciones es una falta de respeto.