Que sepamos, ninguno de los informes de organismos especializados, nacionales e internacionales, auguran para España una salida de la actual crisis económica para antes del año 2.011. Lejos de academicismos, esta salida de la crisis adquiere a nivel nacional los mismos síntomas que a nivel familiar: Recuperación del empleo estable; mejora de los ingresos; posibilidad real de amortización de deudas o hipotecas; alimentación; sanidad; educación y ahorro en la Libreta, aunque sea escaso.
Dicho así, pareciera tarea fácil. Pero no lo es. Y resulta más difícil en aquellas comunidades autónomas que, como la valenciana, han dejado de ser aquello que sabían hacer bien para adoptar caminos pseudo-modernistas que no nos llevan a ninguna parte.
Nuestra economía productiva en la agricultura, el textil, la confección, el calzado, el juguete, el metal, la madera, el mueble o los materiales de construcción, entre otros sectores, se ha visto desigualmente tratada, cuando no contaminada, por decisiones administrativas que proporcionaban ante todo dinero fácil.
En los últimos veinte años no hemos sabido concentrar el talento y el esfuerzo al servicio de aquello que sabíamos hacer. Hemos optado, animados por un equivocado poder político, por un modelo de crecimiento con fecha de caducidad que muestra ahora sus vergüenzas en empresas, municipios, diputaciones y en el propio Gobierno de la Generalitat Valenciana.
Dónde promover y dónde destinar el talento y el esfuerzo de los valencianos son por el momento las asignaturas pendientes que ni gobierno ni oposición son capaces de aprobar. Ser la comunidad autónoma líder en destrucción de empleo y en fracaso escolar no sé si podrá encontrar algún paliativo con Fernando Alonso corriendo por la dársena interior del puerto de Valencia o con Plácido Domingo cantando «una furtiva lácrima» en el Palau de la Ópera. Me temo que no.
Situar Valencia en el mapa debiera ser sinónimo de situar los productos valencianos en los mercados internacionales, diseñando a su vez una oferta turística de calidad en el más amplio espacio geográfico de nuestra Comunidad.
Entiendo que no deberíamos engañarnos por más tiempo. Cuando la economía valenciana, informal o sumergida, vuelve a alcanzar los niveles de los años setenta y ochenta del siglo pasado, y el talento se utiliza en buena parte para burlar la legalidad laboral o tributaria, algo deberá corregirse con urgencia si pretendemos dejar a nuestros hijos una sociedad democrática, justa, libre y civilizada.