Mientras el país se despeña en una crisis económica sin precedentes, la atención informativa se distrae en asuntos que, por desgracia, son también ineludibles, a la vez que expresivos de las causas principales de dicha crisis, al menos de las derivadas de nuestro entorno. La corrupción en las estructuras políticas, casi sin excepción –aunque en este momento de la vida española con más incidencia en el principal partido de la oposición– y junto a ella las desavenencias in-ternas por cuotas de poder en instancias, como las cajas de ahorro, que debieran estar al margen de ambiciones particulares, está tocando la fibra sensible de la confianza de los ciudadanos en los gestores de lo público. Por mucho que resulte evidente la incapacidad del Gobierno socialista para manejar situaciones adversas, es todavía más llamativo que la ciudadanía no pueda depositar una mínima esperanza en la oposición con capacidad de ser alternativa. Es un gran escándalo que mientras las empresas cierran, los trabajadores van al paro y las expectativas de bienestar se desvanecen por el estrechamiento de los recursos tanto en el sector público como en el privado, las polémicas internas en el PP o los casos de corrupción que se suceden en este y otros partidos a lo largo y ancho de la geografía nacional añadan pesimismo, incertidumbre y desconfianza a quienes esperan que los gestores del interés común se empleen en los asuntos generales. Atravesamos un periodo muy triste en la vida política española, pues algunos se empeñan, por su incapacidad política o sus ambiciones inconfesables, en desacreditar el sistema político que permite la convivencia democrática. Pero tampoco se buscan normas para evitarlo de una vez por todas. Los ciudadanos siguen indefensos ante la crisis mientras la clase política se preocupa de sus miserias, que ya parecen infinitas.