La primera vez que la Plataforma contra la Corrupción convocó a la gente ante el Palau de la Generalitat había, en el apogeo del acto, unos centenares de personas. El sábado pasado, los manifestantes llenaban el espacio urbano comprendido entre San Agustín y la Basílica, incluidas las monumentales plazas de la Reina y la Marededéu. El cubicador que cubique el gentío, buen cubicador será, pero no lo busquen entre la policía local (ni en Canal 9), que sólo cumplen órdenes. Así pues, mucha gente y sin la palanca de los partidos. Un éxito que se ha tratado de deslustrar invocando la muy relativa abundancia de señeras independentistas. Pues sí, las había, pero nada tuvo que ver Eliseu Climent. También había banderas republicanas y no se había adherido, que yo sepa, don Manuel Azaña. Los manifestantes no son puros: tienen sus intereses políticos. Legítimos, por cierto.
Más que la cantidad de gente que ha metido las manos en el saco de harina o que incluso se ha llevado a paladas todo el trigo que cabe en el Almudín, me preocupa lo que dice mi amigo Miquel, a saber: que un país moderno no puede aguantar el tipo si en cada comparecencia Nuestro Amado Líder pone una sonrisa como si se hubiera pillado salva sea la parte con la tapa del piano. Es una mueca con muchos dientes que ya definió el famoso psiquiatra portugués Freitas-Magalhäes y que te deja un careto como si Karlos Arguiñano hubiera confundido el perejil con la cicuta: pura contracción. Ése es el problema —muy grave como salta a la vista—, y no se arregla, creo, cambiando uno o dos beneficiarios del organigrama autonómico.
Por supuesto que una alternativa a la actual mayoría no puede basarse en la simple denuncia de unos niveles de hedor que tumbarían a una mofeta: faltan caras y programa claro, pero es que las manifestaciones no se hacen contra partidos (el PP), sino contra gobiernos, y éste ya tiene el aliento de plomo. El conseller Cotino ha tachado de extremistas a los manifestantes, pero tenían permiso gubernativo y no provocaron ningún incidente.