Una declaración de guerra sin precedentes contra Ripoll y un desplazamiento del peso político hacia las Corts. Agobiado por las circunstancias políticas y por el plazo fijado por Rajoy, Camps abordó ayer unos cambios políticos, en el partido y en las Corts, que generan dudas y que pretenden entregar a Génova una fisonomía distinta del PPCV. Esa revisión incluye un mensaje reprobatorio contra Génova por su baile sobre la tumba de Costa.
La revisión orgánica se la reclamaba Madrid con urgencia. La anunciada luz que ha de irradiar hoy Rajoy sobre los problemas que afectan a su partido debía poseer dos antesalas: la purificación en el PP valenciano y la paz de en Caja Madrid sobre las espaldas de Rato. En ambos casos, se han firmado treguas.
Y, sin embargo, el manifiesto contra Ripoll elevando a Ciscar a la cima del PP cuando más crítico se ha mostrado el de Alicante –hasta límites «indisciplinados», si aplicamos la nueva regla de moda en el PP– y aprobando una ley del silencio sobre sus desfiles dialécticos, es un castigo en toda regla.
Por otra parte, la metamorfosis entre Antonio Clemente y Rafael Blasco no sólo evoca la de Gregorio Samsa sino que podría impugnar –en el caso de Blasco– la separación de poderes. Más allá de la tradición anglosajona o de los antecedentes autonómicos, ¿cómo examinar al ejecutivo perteneciendo al mismo tiempo a uno de sus departamentos?
Camps, que vació las Corts de contenido –basta advertir el perfil de los presidentes–, desea que la atención política pivote sobre las Corts. El hombre elegido es Blasco y no Clemente. Si Blasco no ha sustituido a Costa es porque atesora todavía reticencias en el PP y porque la Cámara posee contrapesos de vigilancia.
Pero emerge como la pieza clave para recomponer los restos del naufragio. Una aventura en la que le acompaña Clemente en paralelo. Como en los personajes en busca de autor de Pirandello, sin embargo, tal vez descubran ambos que el final de la historia no es un simulacro, sino una tragedia, y además ya escrita.