El próximo 9 de noviembre se conmemora el 20.º aniversario de la caída del muro de Berlín, símbolo inequívoco de la caída del llamado telón de acero entre la Europa del Este y la Europa del Oeste, que asimismo llevó al fin del mundo bipolar surgido de la Segunda Guerra Mundial. Además de propiciar la reunificación alemana, tal acontecimiento puso en marcha el proceso de reencuentro continental que se materializó en la quinta ampliación de la Unión Europea. Una ampliación que ha incorporado dentro del proyecto europeo (en 2004 y 2007) a diez países del Este: Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Rumania y Bulgaria. ¿Qué implicaciones ha tenido esta quinta ampliación y qué lecciones cabe aprender ante otras posibles ampliaciones?
Esta ampliación ha sido una de las apuestas más importantes y arriesgadas que ha acometido la Unión Europea a lo largo de su historia. Llevarla a cabo suponía incertidumbres y riesgos importantes, pero era una obligación moral para Europa Occidental al tiempo que una gran oportunidad para dotar de una mayor estabilidad y bienestar a Europa en su conjunto. La estrategia fue a la vez exigente y generosa con el fin de apoyar el proceso de transición política y económica que han debido recorrer dichos países hacia la democracia y la economía de mercado.
Transcurrido cierto tiempo desde dicha ampliación, sus beneficios y sus costes se han manifestado con mayor claridad. Entre los primeros están la consolidación democrática en esos países, la expansión geográfica de una Europa de valores compartidos y la generación de mayores oportunidades de comercio y de inversión en el continente, lo que se ha estado materializando en mayores tasas de crecimiento económico, tanto en el Este como en el Oeste. Entre los costes se halla la mayor dificultad de gestionar una Unión Europea que se ha hecho más grande y diversa. Ello constituye un auténtico reto, y para responder al mismo el Tratado de Lisboa, a punto de ser ratificado por todos los Estados miembros de la Unión, ha mejorado el marco institucional y el proceso de decisión de ésta. Se ha de aprovechar, así, su próxima entrada en vigor para fortalecer la capacidad de gestión de la Unión y su aproximación a la ciudadanía.
De la experiencia reciente se derivan también importantes lecciones para el futuro. Por un lado, hay que estar bien preparados ante las próximas ampliaciones de la Unión (con los países balcánicos y Turquía en la sala de espera) que proporcionarán nuevas oportunidades pero que supondrán también nuevos desafíos, incluidos los de determinar si Europa puede continuar ampliándose y cómo se gestionarán las nuevas fronteras. Por otro lado, los líderes de la Unión han de comprender que el tamaño geográfico, demográfico, económico y político de la Unión le exigen jugar un papel más decisivo en el contexto internacional, respondiendo junto con los otros grandes actores a los retos de un mundo global e interdependiente.
Sin la caída del muro de Berlín, hace ahora veinte años, es difícil adivinar cómo sería la Europa de hoy. Ahora bien, ante esa caída, cuyas causas fueron diversas, incluida el espejo del éxito de la Unión Europea, ésta supo reaccionar con rapidez y coraje, mostrando con toda su relevancia sus valores políticos, económicos y sociales. Unos valores que ahora se deben seguir aplicando para la consecución de una Europa más amplia y compleja, y más comprometida también en el buen funcionamiento del sistema.
Jefe adjunto de coordinación y análisis de la Dirección General de Relaciones Exteriores de la CE
Catedrático de Economía Aplicada. Universitat de València