Al igual que Jakob Mendel, aquel librero de Stefan Zweig que permanecía sentado en la mesa de un café vienés en total aislamiento del mundo real –solo y solitario ante su saber bibliógrafico e ignorando que la Gran Guerra acabaría con él–, del mismo modo se podría observar la impermeabilización de Camps sobre ese desorden descomunal creado por la salida intermitente de Ricardo Costa. Exiliado de su propia sombra, el presidente parecía un recluso en una jaula de oro, desconcertado ante la práctica política cotidiana.
La tempestad propagada por el caso Costa fue un dislate de Camps y de Rajoy en uno de los momentos más críticos del escándalo Gürtel. Por si no había suficiente con el asunto de la corrupción latiendo entre sumarios e informes policiales, ambos alimentaron un incendio paralelo que se ha prolongado durante un mes desequilibrando el partido y «limitando» la autoridad de Camps entre sus engranajes. El día grande de esta «fiesta» crepuscular, el de la coronación del inmenso despropósito, tuvo lugar sobre las alfombras rojas del 9 de octubre. Su génesis fue anterior. Hasta este mismo lunes, Camps no entregó un desenlace para cubrir a Rajoy del diluvio y para cubrirse él de sus propias disfunciones.
Peor, imposible. Descifrar el enigma de cómo la gestión política se transforma en una chapuza y se desbocan los acontecimientos ante Camps y Rajoy sin que la razón estratégica se muestre capaz de contenerlos ha de comportar una dificultad titánica. Tal vez, del mismo modo que los cambios en el café de Jakob Mendel señalaban el fin de una época, la inacabable transición para volatilizar a Costa ha expuesto la agonía de ésta, sobre la que Camps ha reinado con grandes privilegios.
La solución, sin embargo, la tenía Camps en sus manos, y sólo la indecisión al no guillotinar a Costa, ha determinado los errores que han descompuesto el mapa orgánico. La restauración del descuido tiene apellidos, Blasco Castany, el hombre más buscado en el PP para solventar sus depresiones. Los demás cambios son un ejercicio de maquillaje. Fabra, Clemente, Ciscar o Cotino son nombres y hombres que empolvan la atmósfera del verdadero eje orbital. ¿Son peones para blindar al presidente? Un partido vertical suele vomitar metáforas y especulaciones, y una efímera literatura. Blasco se erige de nuevo en la cabeza visible sobre la que ha de brotar la fórmula para reparar el mal. ¿Pero cuál es la solución? Blasco proporcionará política. ¿Y no constituirá su receta sólo un alivio, un recurso episódico cuando se intuye la decadencia de un dominio concreto en el PP? Un ejemplo. No se puede cabalgar sobre una ley del silencio –aplaudida por Font de Mora y Maluenda– que refuta la democracia interna, siega el debate, cercena la transparencia pública y evoca tiempos monolíticos de imposiciones e insólito despotismo y al mismo tiempo alumbrar un nuevo espacio de esperanza. Acallar a líder alicantino con una guerra de misiles y víctimas en las calles es un disparate. La desproporción refleja inquietud y duda.
De nuevo aquí regresa el relato de Zweig. Mendel poseía una memoria prodigiosa capaz de retener cualquier libro en circulación o descatalogado. La había logrado con concentración, la misma que le hacía ensimismarse en una realidad diferente a la de sus coetáneos. Fue su perdición. El «símbolo» de una era no percibía, en su infinita erudición, que el suelo se abría bajo sus pies.