Movimientos muy pequeños acaban generando estremecedores oleajes. Algunas grandes ciudades del oeste americano –Los Ángeles, San Francisco– llevan los nombres de los santos y vírgenes a quienes estaban dedicadas las capillas del pueblo mallorquín en el que nació Fray Junípero Serra. Los populosos rebaños de ovejas de Australia proceden de una antepasada merina (mejorada y seleccionada por los británicos) que es la oveja de Extremadura y un pedacito de Castilla, Andalucía y Portugal, es decir la oveja de Tartessos. El onagro de las Rocosas es un pollino reticente que hizo eso tan español de echarse al monte.
La vida común de la gente contiene más escenas prodigiosas que un libro de caballerías, más que un cuento de Simbad. Empiezo a verlo mientras unos técnicos de las cooperativas ganaderas de Extremadura nos explican los indudables dones de la carne de cordero (Corderex es su marca) y mi cabeza se extravía por los cerros del Sinaí en el momento justo en que la parábola del sacrificio –impedido- de Isaac marca el abandono gradual de los sacrificios humanos por parte de los pueblos semitas. Holocaustos humanos también tenían lugar en la Grecia homérica y quizás más tarde y, por supuesto, entre los aztecas. Luego el Estado y los aspirantes a crearlo (milicias, conspiradores, etarras) secularizaron el derecho divino y desde entonces no han parado de producir genocidios con pálidas razones y excusas de mal pagador. Me obsesiona el tema del sacrificio. Le dediqué una novela: El punyal d´Abraham.
Pero volvamos al cordero del perdón. La canal de cordero es la más cara y nadie paga más que nosotros por su carne. Tenemos un disco duro configurado por la trashumancia y el merodeo, por la mansedumbre del cordero y la fiereza de la rapiña. Dicen los técnicos que donde no había motivos religiosos para exaltar el cordero -como en el mercado norteamericano–, han desaparecido sus rebaños.
Es una buena manera de ilustrar cómo el mercado nos da riquezas a cambio de empobrecernos.