En la inmensa, impactante escena final de El crepúsculo de los dioses, la antigua estrella del cine que se resiste a aceptar que su época ha pasado, baja la escalinata por última vez, lentamente, con superioridad y altivez ante las cámaras. En su locura cree estar rodando con Cecil B. de Mille, cuando en realidad la están deteniendo por asesinato. Para evitar equívocos así, cuando la Guardia Civil detiene dioses en crepúsculo como Alavedra y Prenafeta, tiene la cordura de esposarlos, sacarles el cinturón y darles una bolsa de basura con sus pertenencias. No es ninguna vejación. Es una forma de hacerles tocar los pies en el suelo: al ver sustituida la Samsonite por una bolsa de plástico y los pantalones hechos a medida tan caídos como su reputación, comprenden que los agentes no han venido a lanzarles pétalos de rosa en agradecimiento a los servicios prestados al país, como pensaban. Y saltan políticos como Felip Puig (CiU) tildando las detenciones de «ataque a Cataluña», como si a los trabajadores catalanes nos preocupase demasiado que dos millonarios entren en prisión (A mí, nada me provoca tanta satisfacción como ver humillados, con toda la papada y la barriga, a los que poco antes disfrutaban de yates, propiedades, dinero y prestigio: díganle envidia). Y salen periodistas como Salvador Sostres calificando a los dos presuntos de «grandes patriotas», como si esto otorgara patente de coso para enriquecerse robando, o como si Franco y Hitler no hubieran sido grandes patriotas. Mis compatriotas no son Alavedra, ni Prenafeta, ni Sostres, ni Puig, que nunca se han ensuciado las manos. Mis compatriotas son los trabajadores, catalanes o no.
Escribía este domingo el Gran Wyoming que el sentimiento nacionalista es aquel que lleva a un idiota a sentirse premiado cuando a alguien de su vecindario le otorgan el Nobel de Física. Yo añadiría que patriota es el doblemente idiota que está dispuesto a delinquir para que le concedan el premio a su vecino. El mejor sitio para los patriotas es la prisión.