El envite del Consell —a través del vicepresidente primero y conseller de Economía, Gerardo Camps— a las cajas de ahorros para forzar su fusión ha provocado sorpresa y desconcierto tanto en el mundo financiero como en el político. Sorprende tanto por las formas —la reacción de ayer fue de una dureza inusitada, seguramente provocada por el desaire del presidente de la CAM, Modesto Crespo, a su primera propuesta— como por el momento. Tanto Bancaja como la caja alicantina estaban haciendo sus deberes de cara a posibles operaciones interregionales, de acuerdo con las preferencias del Banco de España.
Además, la situación de debilidad del Gobierno autonómico siembra dudas sobre su capacidad para forzar una operación que fueron incapaces de llevar a cabo ejecutivos con muchos más resortes políticos. Bien es cierto que las circunstancias económicas han cambiado, y mucho, desde que se produjo la última intentona en firme, en tiempos de Eduardo Zaplana como presidente. Y resulta especialmente llamativo que el Consell se haya lanzado a esta aventura, de la que puede salir escaldado, sin haber planteado previamente la operación a las entidades, con lo que ha provocado ya de antemano una reacción poco menos que hostil.
En todo caso, cabe agradecer a la Generalitat que se haya pronunciado por fin tras meses de silencio mientras los procesos se suceden a velocidad de vértigo en comunidades vecinas.
ahdesa@epi.es