Nunca acatar sonó, y significó, tanto como atacar. El PP, después de la catarata de tira y afloja de estos días, con tumultuosas entradas y salidas a su sede nacional, compitiendo en expectación popular, y esperemos que no simbólica, con la riada de apesadumbrados ciudadanos que pasaban en silencio ante el féretro de José Luis López Vázquez, ya para siempre en la verdadera cabina sin salida, sabe qué terrible corta distancia hay entre una palabra y otra, tan parecidas, tan distintas. Una simple alteración de sílabas se convierte en el retrato que todos se afanan en ocultar. Acatado el porrazo sobre la mesita, huy, qué miedo, del santo Mariano Rajoy, el peligro de ser atacado permanece. Francisco Camps no sólo conoce esas trampas del lenguaje sino que distingue y huele como un animal sin salida, acorralado, la profundidad de los significados aunque aparente vivir en un delirio de pólvora y jarana, de ahí la máscara de su sonrisa de cadáver.
Por eso, para que quien acate no ataque, ha conseguido que nadie hable fuera del partido. Es algo más que un juego de palabras. Es instinto de supervivencia. Mientras, el santo de Génova, se pone farruco a ver si alguien, incluso él, se lo cree. Ni por esas. ¿Quién no fue al cónclave, es decir, a la previsible regañina? Esperanza Aguirre, a la que no le regaña ni Dios. Se alejó a inaugurar escuelas diciendo sí a la bobada de que Rodrigo Rato sentara el culo —¿de mal asiento?— en Caja Madrid, es decir, se alejó para acatar. Ay, ay. Se acercará, tomando carrerilla, para atacar. Qué triste, cuánto hastío. Mientras, en silencio entre el tumulto superfluo, también se fue Francisco Ayala. Otra lección.