El Consell le han entrado de repente las prisas para forzar una fusión entre Bancaja y CAM que incluya a Caixa Ontinyent y crear así esa gran supercaja valenciana ansiada durante décadas pero nunca cristalizada. Para la mayoría de los actores implicados en esa eventual operación sigue siendo un misterio a la hora de escribir estas líneas. Sin embargo, a juicio de fuentes financieras una confluencia de circunstancias políticas y económicas han terminado por desencadenar los acontecimientos. La solución de la disputa por Caja Madrid, con la decisión de nombrar presidente a Rodrigo Rato, ha reorganizado también las prioridades políticas en el seno del PP, donde la dirección nacional, por boca de su portavoz económico, Cristóbal Montoro, se ha pronunciado repetidamente en contra de las fusiones autonómicas que den lugar a «bancos regionales».
Esta estrategia diluiría el poder de los gobiernos autonómicos que hoy por hoy mantienen un gran ascendente sobre las cajas de sus territorios. De esta forma, la Generalitat viene a romper las directrices emanadas desde la calle Génova de Madrid. Como, por otra parte, ya viene haciendo desde hace semanas el otro gran barón territorial del PP, el gallego Alberto Núñez Feijóo, quien maniobra para conseguir una fusión entre Caixa Galicia y Caixanova. Sin embargo, esta última se ha convertido en una especie de CAM del noroeste, al resistirse con uñas y dientes a esa operación y establecer contactos previos con entidades de fuera, como el caso de, precisamente, Cajamurcia, con la que la Caja Mediterráneo también ha empezado a coquetear. En Castilla y León, el Ejecutivo, también del PP, fomenta asimismo una fusión entre sus tres principales entidades: Caja Duero, Caja España y Caja Burgos.
La llegada de Rato a Caja Madrid podría, a juicio de algunos analistas, reforzar desde el puente de mando de la segunda mayor caja de España la apuesta política del PP nacional de fusiones interregionales que restarían, por tanto, poder a sus barones regionales. Y no hay que olvidar que el propio Montoro ha diseñado un mapa que pasa por una eventual fusión entre Caja Madrid, CAM y Caixa Galicia. Aunque desde la entidad madrileña no le hacen ascos, tampoco, a una operación a dos bandas con Bancaja, lo que sencillamente ni siquiera es contemplado como posibilidad en la sede de Pintor Sorolla. Por ello, tanto Feijóo como Camps podrían haber optado por forzar sus respectivas máquinas para salvaguardar sus intereses territoriales.
Con todo, las fusiones entre entidades de una misma comunidad autónoma no son, ni de lejos, la opción preferida por el Banco de España, que insiste en impulsar las operaciones interregionales para minimizar al máximo posible los impactos sociales de las alianzas y, sobre todo, para diversificar riesgos y evitar los peligros que conllevan las concentraciones territoriales que también otros Ejecutivos autonómicos están patrocinando: Cataluña, Andalucía, Extremadura... Sin embargo, es complicado que Bancaja y CAM lideren sendos procesos de fusión, tanto por razones políticas como de equilibrio territorial.
Y la prueba de que no necesariamente tiene por qué ser así la acaba de proporcionar el Banco de España. Cajastur, una caja de dimensión mucho menor pero con una solvencia muy elevada, se ha quedado con Caja Castilla La Mancha, mucho más grande. Bien es cierto que en estos momentos no hay ninguna otra caja intervenida, pero la resolución a esta crisis demuestra que no siempre el pez grande se come al chico, y que, según sean las circunstancias, puede ser a la inversa.
En este entorno, el Consell se ha lanzado incluso a poner plazos a modo de ultimátum, cuando durante años no se ha movido ni una pieza para favorecer la fusión de las cajas valencianas. Mientras las cosas iban bien, la placidez de los resultados, la miopía localista de la sociedad alicantina y la falta de coraje de la clase política y económica valenciana en general desaprovecharon la oportunidad de constituir una caja realmente importante, con capacidad de influencia real en el sistema financiero nacional y que sirva de respaldo firme a las necesidades de la economía local. Aún ahora, determinados ámbitos empresariales siguen afirmando que la fusión será beneficiosa a largo plazo pero que en estos momentos será problemática. Sin embargo, incluso cuando las cosas iban rodadas, también todo eran problemas.
Pero ahora, cuando alguien, por fin, ha decidido coger el toro por los cuernos, es el momento de afrontar la realidad: en el nuevo mapa financiero global que está surgiendo de la crisis, nuestras entidades pueden quedar reducidas —de quedarse como están— a un papel residual. Y si sus propios responsables —económicos, políticos, sociales...— no toman la iniciativa para poner en común todo lo que puede dar lugar a una caja de tamaño respetable, corren el riesgo de que otros, desde fuera, la tomen y queden definitivamente fuera de juego, con todo lo que ello representaría para la Comunitat. Dicen que las crisis son momento de crecimiento y de reinventarse. Pues bien, parece llegada la hora de que todos los actores dejen de lado históricas e intrascendentes rencillas y se pongan manos a la obra para sacar adelante una fusión que se antoja necesaria para el futuro del tejido económico valenciano en el nuevo entorno económico mundial.
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