La ciencia ya descubrió nuestro parecido genético con un gusano llamado elegans y ahora acaba de revelar que el número de genes del melón es muy similar al del hombre. Y encima el murciélago practica el sexo oral (con poca dedicación: he visto el video y no es Tracy Lords) y al bonobo (un chimpancé más pequeño) no le importa hacer de sodomita si sirve para aliviar tensiones. Los animales (y hasta las plantas) nos van desposeyendo de los atributos y capacidades que creíamos prerrogativa humana. Y hasta de los vicios que teníamos por privativos, a la mosca le encanta la cerveza, y aunque ya vislumbrábamos el inmenso parecido genético, recién confirmado por un equipo británico, entre el cerdo y el hombre (no hay más que ver las calles del Carme al día siguiente de Halloween o la playa de la Malva tras la sanjuanada), lo del melón es un poco humillante.
Sí, lo del melón es pelín denigrante: ya no le podremos pedir al amigo cabestro que no sea melón, porque sigue las inclinaciones de su naturaleza, y habrá que darle la razón a ese colega desahogado que llama melonar a los diputados en Corts alineados en sus escaños: dada su solvencia para impedir que el Ejecutivo se rodease de una constelación de amiguitos del alma con plaza en los mejores presidios del país, está claro que no es un insulto sino una definición, tal vez, una visión profética.
Bueno, ya hubo una familia imperial romana llamada Claudia (por las frutas) y más de uno amargaba, y en los tiempos del pop de gasolinera aflamencado (todo un género español), unos tipos cantaban: «Si el casarse fuera a prueba/ lo mismo que los melones/ no me cogían a mí/ ni cincuenta batallones».
Bueno, los preliminares de tanteo antes del casorio, ya son de uso corriente, ahora sólo falta conseguir listas abiertas y devolver al diputado que salga más melón de lo que nos temíamos. Creo que no va a ser tan sencillo: los partidos son como aquellas bayas largas o calabazas de La invasión de los ladrones de cuerpos y se tienen repartido (y poseído) al electorado.