Ahora resulta que el problema no eran los tirones financieros presuntamente protagonizados por los señores Prenafeta y Alavedra –hoy en provechosos negocios privados y en otro tiempo hombres de confianza de Jordi Pujol– sino su exhibición pública esposados. Y lo mismo digo del alcalde de Santa Coloma, Bertomeu Muñoz, por quien no se rasgan tantas camisas de hilo, ya se ve que gobernaba un municipio de inmigrantes que no son futbolistas. El supuesto escarnio ya tiene nombre – pena de Telediario – y el columnista del Avui, Vicent Sanchis, incluso se atrevió a hablar de un eix del ressentiment. Cuidado con el ressentiment, amigo Vicent, éste –y ahora me refiero a España– es el país de Europa en el que resulta más difícil discernir si cuando el jorobado Torroba grita ¡libertad! es que quiere verse sin joroba o es que nos quiere jorobar.
Así pues, contra la pena de Telediario el lenitivo del biombo. Cubramos pudorosamente a los caídos en desgracia judicial. De acuerdo completamente. Aunque es un poco sospechoso que nos hayamos acordado ahora de tan humanitarios escrúpulos y no los tuviéramos en cuenta cuando todas las televisiones públicas y privadas han convertido los juzgados en pasarelas donde se enseña hasta los higadillos y el píloro de reos, sospechosos, testigos y familiares.
En Boadilla de la Calzada hay un precioso rollo gótico que ejercía de picota para escarnecer a los sospechosos «antes de ser conducidos a juicio». «Antes»: fíjense si será secular la mala leche y el ressentiment. La democracia no es gran cosa y el cínico Ambose Bierce ya decía que consiste en votar a quienes otros eligen. Bueno, sí, pero las garantías procesales son sagradas y a donde no lleguen, debería llegar la misericordia. Para todos, aclaro. Creo en la justicia poética y en la justicia sin apellidos, un poco menos. Con la justicia divina sufro altibajos: es cierto que me dio un cuello muy corto, pero así es mucho más difícil que me estrangulen, como sin duda le gustaría a más de uno.