El mapa de las cajas españolas, después de sinergias y absorciones, estaba visto para sentencia: Cataluña, Madrid y Galicia. De nuevo, la región que avanzaba en marcha triunfal se quedaba descolgada, como reviviendo su herencia mortífera.
El Consell ha reaccionado con urgencia. Este periódico publicó, hace algunos meses, la exploración que realizó Rodrigo Rato sobre las cajas del sur. Un trabajo de campo ocular pero significativo. Su entrada en Caja Madrid, sin embargo, ha hecho bascular el eje geométrico —como si de una placa tectónica se tratara— de los continentes financieros autonómicos. La geografía valenciana quedaba reducida a menos cero. El expansionismo de Caja Madrid aspiraba la CAM como un electrodoméstico absorbe el polvo casero. La operación era inmediata. El Banco de España presentó unos números alarmantes. La reacción del Consell, si no quería perder valiosos espacios de decisión en el ámbito económico/político, es la que se está viendo estos días. Y la reacción en Alicante es también la que se está observando (las caras ayer sí eran el espejo del alma). O «ceder» en la cuestión valenciana o entregarse a alianzas foráneas. Pueden elegir. El Consell ha elegido.
Alarte, en cambio, no apoyará la fusión si no está basada en un amplio consenso, social, político y territorial. Le ha de faltar información. El PSPV ha perdido la capacidad de reacción porque su conocimiento de los acontecimientos también deja mucho que desear. En todo caso, ¿de dónde provienen los consensos? ¿Quién los marca, los suscita o los gesta? Uno siempre pensaba que la política servía para algo. Y que los liderazgos consistían en moldear la opinión del ciudadano y en flexibilizarla hacia causas concretas. A los responsables políticos se les elige para tomar decisiones. El líder transmite ideas. Y su fuerza estriba en que la opinión pública las acepte: en su capacidad de convicción. ¿Una fusión entre las entidades bancarias valencianas con la condición de que se base en un amplio consenso social, político y territorial? El PSPV es una de las grandes columnas vertebrales de la CV. Todo partido transmite ideología y encauza grandes corrientes de opinión. No hablamos de un actor secundario al que el director de la obra, por azar, le entrega un papel principal momentáneo. El partido político es autor, protagonista y diseñador del decorado. Lo es todo. Pero hay que creérselo y actuar en consecuencia. Y tomar decisiones. Buenas o malas, negativas o no. Un partido no puede diluir su autoridad social buscando un estado de opinión útil según la coyuntura. Se actúa sobre la sociedad, no se está a la espera de que la sociedad intervenga sobre la fuerza política.
Y, cuidado. Habrá un alud de justificaciones economicistas para rechazar la alianza entre las entidades valencianas. Ripoll ya ha amanecido con alguna. No hay que fiarse. Son escudos interesados para tapar la desnudez. Y la desnudez, en esta ocasión, emparenta con los intereses políticos, los privilegios personales y los localismos ideológicos. Cuando se habla de cifras perjudiciales para la fusión, se está pensando en política, en términos de poder, privado y colectivo. Nadie se llama a engaño a estas alturas. Y al igual que se emplean esos métodos, también se muestran otros, de mucho riesgo: los sentimentales y patrioteros. Los de las identidades ultrajadas. Para operar contra la alianza financiera cualquier cosa vale.
Observemos a los convencidos —de la fusión— para que entierren, al menos, las mismas armas.