El 9 de noviembre de 1989, un miembro destacado del Politburó compareció en el Centro Internacional de Prensa de Berlín Oriental. El motivo de la comparecencia fue comunicar que el Gobierno de la RDA permitiría que los ciudadanos alemanes del este pudieran viajar más fácilmente al oeste. Este anuncio no constituyó ninguna novedad, pues, teóricamente, existía la posibilidad de realizar dicho viaje siempre que se hubiese solicitado un pasaporte y obtenido un visado. Sin embargo, la práctica demostraba que la solicitud de esta documentación era arriesgada y su obtención casi imposible. Pese a ello, el distinguido miembro del Politburó añadió a su comunicado, en respuesta a las preguntas de un periodista, que los viajes al oeste podían realizarse sin necesidad de pasaporte ni visado. Para ello, el documento de identidad o similar sería suficiente a partir de aquel mismo momento. Tan sólo horas después de pronunciadas estas palabras, los berlineses comenzaron a derribar el denominado «muro de protección antifascista» construido por la RDA el 13 de agosto de 1961.
Aunque las noticias publicadas en los medios de comunicación estos días evocan la anécdota que rodeó el derrumbe del Muro de Berlín, lo cierto es que este desenlace histórico tuvo causas mucho más profundas, a la vez que sus consecuencias fueron mucho más trascendentales. La URSS había comenzado a descomponerse, arrastrando con ella a los países pertenecientes a su área de influencia, mientras que los EEUU conseguían mantenerse como superpotencia y alcanzaban la libertad para actuar en solitario. Además, la caída del llamado «muro de la vergüenza» constituyó un símbolo, que representó, entre otras cosas, el fin de más de cuarenta años de «guerra fría» y la emergencia de un nuevo orden mundial.
El escenario internacional de nuestros días es heredero de aquel acontecimiento histórico y no tanto —como comúnmente se afirma— del impacto que supuso el desplome del World Trade Center de Nueva York a raíz de los atentados cometidos el 11 de septiembre de 2001. Los actos terroristas perpetrados contra las Torres Gemelas sólo contribuyeron a intensificar el unilateralismo de la política exterior estadounidense, que ya venían practicando, aunque de una manera selectiva. Sin embargo, aquel ataque terrorista no consiguió modificar la arquitectura mundial, tal y como había quedado forjada en los momentos en los que el muro berlinés era derruido.
Veinte años después, la vida internacional continúa apoyándose sobre los mismos cimientos. EE UU sigue ostentando su condición de superpotencia, mientras Rusia apenas alcanza a representar la sombra de lo que fue la extinta URSS. Sólo la emergencia y consolidación de nuevas potencias consigue cercar al coloso norteamericano. Así ocurre con la Europa unida, que podrá seguir compitiendo por los puestos de cabeza, tras lograr salvar la zancadilla checa a la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. No obstante, el nuevo presidente estadounidense, Barack Obama, se ha propuesto cambiar la política exterior de su país para apostar por el multilateralismo. Esta opción parece ser más razonable y efectiva; más constructiva y realista para hacer frente a los actuales desafíos de la sociedad internacional. Sin embargo, aún es pronto para hacer balance de sus dividendos, lo que no ha obstado para que el presidente norteamericano se haya tropezado con el Nobel de la Paz. Ahora bien, no nos engañemos, una política exterior multilateral por parte de los EEUU no nos va a llevar a un cambio radical de los pilares sobre los que descansa el orden internacional. Para que este cambio sustancial se produzca, tendremos que ver derruidos, como ocurrió con el Muro de Berlín hace veinte años, algunos «muros» más.
profesor del departamento de derecho Internacional de la universitat de valència