Querido Luis Rosales, que estás en los cielos, en tus cielos, y que un día escribiste –te he citado mil veces-: «Porque todo es igual y tú lo sabes». Pues hoy todo sigue siendo igual, a sí mismo que es lo peor. De las muertes, ni te cuento: se nos han ido tres monstruos, tres bellezas, tres artistas. José Luis López Vázquez, Francisco Ayala y Claude Lévi-Strauss. Sabes, y sabías, mucho de todos ellos, incluso uno era tu paisano. Sin embargo, la tristeza del golpe sin anestesia, por tres veces, creo que te hubiera entristecido tanto como a mí.
Después está lo de las fosas, lo del barranco donde se supone que está mal enterrado tu amigo Federico, que salió de tu casa para no volver. ¡Qué decir/escribir cuando no se puede ni tan siquiera hablar de lo obvio! Tú me dirás.
Pero qué decir del más acá si no sabemos nada. López Vázquez trabajó en películas memorables más, para mí, siempre será el padrino en busca de Chenco en la Plaza Mayor de Madrid. Ayala era la memoria y la presencia viva de la generación del 27, aunque muchos no le reconozcan como tal. Da igual, él era inmortal aunque se negara a la inmortalidad. Y el antropólogo francés rebasaba los límites de la realidad intelectual solamente por un título: lo crudo y lo cocido.
En el mientras tanto, me dirías, ¿qué se cuece? Pucheros inmundos, te contestaría, pucheros de mala fe, de entrañas perversas que no saben llegar a ningún lado porque carecen del significado de la palabra destino. Sí, en lo universal, que dijo tu profeta, y en lo particular, que digo yo. Hay huestes ignorantes que perturban la vida cotidiana de los españoles y la convierten en penumbra, con afamada voluntad de despiste. Los despreciarías cuando entrabas con Leopoldo en su casa de Astorga y Felicidad oía el llavín como sinónimo de juerga.