Siento tener que escribir este artículo porque lo cierto es que cuando conocí a Trinidad Miró me pareció una persona simpática, inteligente y capaz de dejarse la piel en sus responsabilidades como concejal de Cultura de Alcoi. Celebramos allí los Premios de la Crítica y, sinceramente, creo que realizamos en conjunto un buen trabajo para satisfacción de todos.
Era evidente que su cargo en Alcoi le quedaba pequeño a una persona de esas capacidades, de modo que no me sorprendió cuando fue nombrada consellera de Cultura de la Generalitat Valenciana para desarrollar una actividad dedicada tanto a la cultura, que da título a dicha conselleria, como al deporte, aunque no es menos cierto que ella ha antepuesto el deporte a la cultura a lo largo de sus dos años de mandato.
Las buenas cualidades de Trini Miró no le permiten, sin embargo, abordar la enorme dificultad que tiene el entramado asociativo de la ciudad de Valencia con múltiples y diferentes grupos, con distintas percepciones y sensibilidades, tanto en la adopción de lenguas como en el trabajo a desarrollar. Por ese motivo, ha ido tropezando con diversas piedras que han disminuido mucho su credibilidad en la tarea que debe realizar. Ausencias notorias en la inauguración de la Feria del Libro, en la asistencia a actividades valiosas como los Premios de la Crítica, en el apoyo de otras partidas de su competencia en la Biblioteca Valenciana, nos hacen ver que la cultura no es una prioridad en el mandato de Trini Miró y que se encuentra supeditada a otros asuntos como el tenis, la hípica o el automovilismo. Nada que objetar si se tuvieran los elementos detalles que deben contrapesar esta doble actividad que la consellera debe realizar y que bascula mucho más en el peso del deporte que en los intereses del teatro, la narrativa o la poesía valencianas.
No es por eso extraño que cuando Trini Miró dice que para el Gobierno central un valenciano vale un café, muchos pensemos que para ella valemos bastante menos que un café. El anuncio de que el Gobierno central le cede sólo un euro por cada valenciano es una declaración explícita de su fracaso en las relaciones con la ministra González Sinde. Si Trini ha sido incapaz de obtener un trato más sustancioso —que nos ha colocado en el número 17 entre las 19 autonomías españolas en cuanto a consideración presupuestaria— es por no haber sabido convencer al ministerio con su gestión. No nos extraña porque ¿qué ha hecho la consellera Trinidad Miró para que se nos considerara a la cabeza de la cultura nacional como nos correspondería por la tradición y potencia de nuestra historia literaria y artística? Si juzgamos la paupérrima ejecutoria de algunos manidos centenarios y de algún extravagante desfile público, apenas hay nada que aportar para el reconocimiento de su tarea. Por el mismo motivo, que la Generalitat haya reducido el presupuesto de la Conselleria de Cultura en un 17% implica igualmente el escaso peso político que se le reconoce a Trini Miró, ya que la norma es aumentar el presupuesto en aquellas conselleries cuyos programas generan interés y suman votos, mientras que la actividad de su departamento, dedicada al mundo de los ya desaparecidos, no da ni lo uno ni lo otro, sino que mueve a la indiferencia y al absentismo del conjunto de las asociaciones y de los numerosos círculos de autores y escritores residentes en nuestra ciudad.
Si su cargo de Alcoi le venía corto, el de consellera de nuestra Comunidad le viene grande. No ha comprendido la trama asociativa de la ciudad de Valencia ni ha entendido el complejo mundo cultural en el que se mueve. Mal aconsejada por las mediocridades que la rodean, ha considerado que podía permitirse desatender a unas organizaciones cuyo perfil y trayectoria están muy por encima de sus logros personales llamando así a la sátira y a la risa de las personas habituadas a nuestro entorno. Así han ido muriendo (sin nacer) proyectos como el premio de novela histórica Jaume I, la dotación ministerial para la compra de libros, el cultivo de las buenas relaciones con el ámbito de la cultura real, el apoyo a los jóvenes autores y a las poetas valencianas y un sinfín de cosas que no pueden acometerse por la falta de su voluntad política, buscando el equilibrio económico entre cultura y deporte.
Trinidad Miró es, sin duda, una persona valiosa, dinámica y trabajadora. Son buenas cualidades, insisto, pero completamente insuficientes para ocupar un cargo de la dificultad que tiene la conselleria que preside. Se necesitaría una persona de la astucia de Cipriano Ciscar, la sensibilidad literaria de Manuel Tarancón y de los conocimientos eruditos de Vicente Navarro de Luján para llevar a buen puerto el barco de la conselleria, pero ni unas ni otras cualidades posee Trini Miró y por eso la vemos embarrancar de cuando en cuando y nos tememos que algún día llegue el naufragio final al no tener clara su carta de navegación.
Es cierto que hay gente valiosa en su equipo y tampoco tenemos nada que reprochar a quienes la han elegido para este cargo. Cualquiera se equivoca más de una vez al día. Lo que sí tenemos claro es que Trini Miró es un bote a la deriva, con más espolón que proa, y acabará por destruir ese delicado tejido cultural en el que se mueve con auténtica torpeza y sin la previsión de las indeseables consecuencias para la futura relevancia de la Comunidad Valenciana, de la que nadie hablará puesto que nadie la apoya para que sobreviva.
Dejamos así constancia de que Trinidad Miró representa un lastre para nuestra cultura y un peligro para el apoyo de quienes la ejercemos a favor del interés general.
?Escritor