Con el Ágora, edificio diseñado por Santiago Calatrava, la Ciudad de las Artes y las Ciencias que comenzó el PSPV ha puesto punto final. El espacio versátil, que asún está en obras, se creó como una gran plaza cubierta y multifuncional para albergar diferentes acontecimientos, sin un uso concreto. El edificio ha costado unos 90 millones de euros, por lo que ha duplicado las previsiones, cifradas en 45 millones. Es la tónica general de las obras de Calatrava en la «ciudad» que creó para Valencia: los costes se disparan de manera rotunda. El Ágora debió quedar acabada para la Copa del América. No fue posible. Estos días acoge el Open de Tenis, su puesta de largo como edificio multifuncional. El problema consustancial a este tipo de «contenedores» pensados para brillar con una arquitectura avanzada y convertirse en referencia urbana, estriba en que después hay que dotarlos de contenido, proporcionándoles un uso adecuado a la envergadura de la inversión. Y sobre el Ágora apenas hay planes diseñados. Al menos, que se conozcan. Han de ser, pues, las autoridades políticas, cubriendo el déficit que se contempla, las que, improvisando ideas, lo colmen de proyectos intermitentes. La alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, ya ha anunciado que sería un techo excelente para albergar la Semana de la Moda. Lo puede ser, desde luego. Pero, en cualquier caso, la gestión de un espacio público –de esas proporciones y con ese coste– no puede depender de fugaces intenciones o de ingenios pasajeros. Merece estudios a medio y largo plazo para examinar sus posibles recursos. El contenido es tan importante como el continente. Y dejar aparcado el primero puede llevar al fracaso.