He estado en Lo mejor de la gastronomía, gran feria de las bondades gastronómicas que se representa en Alicante/Elx, en su Institución Ferial Alicantina –así llamada– y en cuyo acto inaugural se lucieron los galanes (y galanas) del poder alicantino: José Joaquín Ripoll, Gemma Amor y el Ausente, no me refiero a José Antonio, este otro ausente está muy bien comunicado por teléfono. Alicante ya tomó la iniciativa en la modernización de sus bodegas, en el número y calidad de las arrocerías (cuando apenas produce arroz) y, ahora, en el certamen que recoge y exhibe lo más selecto del importante negocio para el cuerpo y el alma que es comer sin desperdicio y beber con conocimiento. Como me dijo un importante bodeguero valenciano: «aquí está la élite y aquí tenemos que estar nosotros, para conservar los clientes y hacer otros nuevos». Amén.La parte luminosa del evento –indiscutible: vienen Subijana, Dacosta, Torreblanca, Camarena, Adrià y por ahí hasta tres mil cocineros– no evita constatar el lado oscuro del asunto: la famosa fractura política por el sur, no tan visible como la falla de San Andrés pero testimonio de nuestra incapacidad para articular un territorio político con algunas nociones de centro, ordenación y, por lo menos, un buen plan contra avenidas. Pelillos a la mar y volvamos al asunto de hoy.
Trasladar Lo mejor de la Gastronomía de Donosti a Alacant ha sido inteligente. En este jardín de las delicias, el lechazo castellano es vecino de los quesos suizos, los nísperos de Callosa, las anguilas de Puçol o las legendarias salazones de Vicente Leal. Y hay vinos en cantidad y calidad como para marear a nuestro padre Dionisos. Pruebo, entre otros, la magnífica garnacha de Parés Baltà (Priorat) o el Borrasca de Salvador Poveda, de noble y viejo monastrell. Profesionales y aficionados de lo pasan bomba en los talleres de cocina. Aprender, disfrutar…Alicante ha usado su dependencia del monocultivo turístico para convertir la urgencia vital en ocasión de excelencia. Buen camino.