Hay personas que apenas tienen que abrir la boca para que se note la mala hostia que generan. Si la abren es peor, porque aunque traten de hablar midiendo las palabras, sus gestos, sus inflexiones, sus risitas, su veneno se escapa y te alcanza. Incluso a este lado de la pantalla. Aunque me importa un codo o un culo, elección estúpida donde las haya y que Wyoming, con aparente guiño al colega pero con evidente gana de poner la cosa en su sitio tirándose a la yugular de Pablo Motos, dijo que «los malos programas eligen entre codo o culo», aunque me importa un culo la circunstancia personal de la madre y la hija, es decir, de Maritxell y Alazne, las malvadas de Pekín Express, el hedor de sus maneras traspasa la pantalla y consigue, fíjense qué tontería, ponerme en alerta. Jamás he entendido que nadie se jacte de ser malo, y éstas se mean porque «somos malas».
Cuando los domingos por la noche Raquel Sánchez Silva inicia una etapa, los viajeros se ponen en marcha, se suben a lo que pillan, autobús, carreta, vehículo particular, o se echan a la carretera arañando kilómetros, ellas, las malas, son capaces hasta de negar las evidencias, como cuando la mamá preguntaba al cámara si las patadas que le había dado a un compañero, es verdad que como reacción al sopapo que le dio otra a su niña, habían sido grabadas. Te digo una cosa, cariño, le decía a su hija, si no está grabado no existe, si no está grabado negaré que yo di alguna patada a nadie. Metido en harina, arruinando mi pretendida dignidad al descender a la endeble pedorreta de los arrabales, semejándome a los por mí denostados espectadores de la abyecta covachuela de Gran Hermano, tengo que decirlo, la hija es más mala que la madre. Salgo de Redes y me pierdo. Vulgo soy.