La memoria elige lo que olvida», decía Borges. De ahí que más que celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, haya que reflexionar sobre ello. Desde la memoria insumisa, recordando lo que se olvida. Porque si bien el derribo de este muro significó un gran cambio de época y el adiós de esos monstruos de la razón que fueron los países del socialismo real, los monstruos de la sinrazón continuaron respirando a sus anchas dentro del «capitalismo real». Hoy lo podemos comprobar con la actual crisis (económica y, lo que es peor, de valores), con la que hemos redescubierto que la liberalización de la economía es una palabra tan engañosa como la dictadura del proletariado.
Lo positivo del evento se truncó con los pasos de cangrejo que se dieron con respecto a las viejas ideas ilustradas. El marxismo fue un error en cuanto a solución, pero no como reclamo ético. Éste sigue pendiente. Sigue siendo una crítica constante al capitalismo (no su sustitución). Pendiente sobre todo en lo referente a una cultura solidaria (la idea de igualdad no es otra cosa).
Hay que recordar que los estados del bienestar surgidos después del diluvio de la II Guerra Mundial abundaron, gracias sobre todo a las ideas socialdemócratas, al desarrollo de una cultura social que hizo posible cierto pluralismo antidogmático y el alcance de mínimos de justicia. Al menos en una parte del planeta, y con alguna convicción de que esto debiera llegar, con el tiempo, a todas las demás.
Con los martillazos a las piedras del muro, la izquierda, la socialdemocracia, perdió su rumbo, en vez de buscar nuevas y renovadas ideas (que las hay, gracias a filósofos como Habermas), y, más veces de lo deseado, se ha mantenido en algunos tópicos fracasados, de ahí su huida hacia adelante, a abrazarse al pragmatismo.
Ser realistas, como decía Ortega, no significa aceptar la realidad, sino realizarla, proyectarla. Necesitamos seguir comprendiendo nuestro mundo para transformar lo que tengamos que transformar, encontrar el pertinente antibiótico que contrarreste la cada vez más ardiente injusticia global. El cangrejo que no cesa. La sociedad no puede formarse puramente desde el choque de intereses privados.
A los chicos de hoy no les ilusiona nada, dicen los adultos aburridos, los de derechas de toda la vida y los otros, los modernos, que han asumido ese empeño (conseguido) de la cultura neoconservadora de llegar a todas las esquinas, pero también los que fueron del 68, a los que ya no les queda más imaginación que hablar de vinos caros y de comidas de ensueño.
Ya lo dijo Vázquez Montalbán: «Ha sido un placer dejar de creer en el todo, pero resulta que cada vez es más aburrido sólo creer en la nada.»