Hay miedo en la izquierda institucional –una incertidumbre ética, un temor voraz– cuando alguien se aparta unas pulgadas de su catecismo. La cólera estalla. Uno mismo ha recibido el látigo de la «ortodoxia» de la izquierda del poder y de determinados fundamentalismos ribereños por algún apunte paupérrimo, incoloro e indeciso. Ayer mismo, en ese espacio llamado blogosfera, se me llamaba chusma quintacolumnista, entre otras amabilidades. En lugar de reflexión y argumento, insulto, exabrupto y difamación. Es como si la herencia de la derecha de cortijo y rosario, caciquil y beocia, se hubiera trasladado hacia el rincón de la autodenominada izquierda.
Cuando André Glucksmann dijo aquello de «voto a Sarkozy porque soy de izquierdas», el ilustre tablero intelectual francés perdió pie y los insultos adquirieron un vigor espeluzante. Pero vino Bruckner –que mora en el bando habitual, no es «sospechoso»– y también soltó: «Los socialistas parecen decididos a congelar la Historia: han elegido el camino de la inercia». Esta vez, Francia se tambaleó con el nuevo susto. Era demasiado para un país donde los filósofos son tratados como santos y residen en el mayor quicio del olimpo espiritual. Aunque las invectivas contra la «heterodoxia» continuaron, después de Bruckner algo cambió.
En la guerra valenciana desatada después de la querella socialista también se han formado dos orondos bandos en la orilla izquierda institucional. Si alguien exhibe su inquietud o expone su contrariedad ante la iniciativa, el bando institucional reacciona propagando anatemas y acogiéndose al catecismo momificado. ¿Quién osa oponerse a una «cruzada» contra la derecha? El lema actúa como principio inexpugnable, sin dejar oxígeno para la especulación, el matiz o la duda. Las «excomuniones», pues, se suceden ante la rigidez monolítica y la opinión se demoniza –o se está conmigo o contra mí, o es blanco o es negro– como en una calenda carpetovetónica y vetusta. Pues nada, Santo Oficio, limpieza de sangre, cristianos viejos, Torquemada, la conciencia nacional y la Monarquía Hispánica, el Concilio de Trento y el Patriarca Ribera (contra el erasmismo valenciano). Y a triunfar.