Cuando escribo de temas religiosos siempre tengo en mente el modelo de José Saramago: para hacer lo contrario. La militancia del señor Saramago, además de algo malhumorada, debe producir más adhesiones a la Iglesia católica que todas las conferencias de San Vicente de Paul. Quiero decir que no soy partidario de que en las aulas públicas haya un crucifijo por la misma razón que hallaría impropia una de las viejas carpetas de Ramones o una reproducción de Los girasoles de Van Gogh. Las aulas y quienes las sirven realizan la tarea sagrada de transmitir conocimiento, instrucción, experiencia. No es nada inefable y uno transpira y se estresa bastante, pero es una bendita actividad a la que no le hace falta ser ninguna actividad bendita.
Algunos próceres italianos de la izquierda posibilista han llegado a decir que «el crucifijo no molesta a nadie» (no me extraña que les voten tan poco). Hombre, hay que ponerse muy picajoso para que un crucifijo (o una media luna o una estrella de David o una representación taoísta del yin y el yang) moleste, pero en una clase pública es tan impropio como un bañador en un cóctel. Tan impropia como lo es su presencia, la del crucifijo, en la jura de los ministros, salvo de aquellos que lo pidan expresamente para darle más fuerza moral a su juramento (que es siempre sobre la Constitución, el Cielo no tiene prisa en juzgar).
Este siglo que tiene una izquierda que se comporta como una derecha educada y unos cardenales incapaces de dar un solo paso hacia la beatificación de Óscar Romero, ametrallado por los Escuadrones de la Muerte cuando decía misa (un mártir en sentido estricto, aunque para la santidad más le hubiera valido ser amigo de Lech Walesa) y, en consonancia, unos ateos raros, enfadados con Dios al que le atribuyen haber agraviado a Caín y sembrar en su ánimo un resentimiento homicida, como si los dioses, todos, no los hubiéramos construido a nuestra imagen y semejanza, hecho incontestable que, por cierto, no es un argumento que avale su inexistencia, decía Jünger.