Podría escribir que no voy a escribir sobre Camps porque me da pereza, pero no sería del todo sincera. Cierto es que me puede (la pereza), pero también es cierto que últimamente a parte de cansancio lo que más me da es vergüenza, porque con el paso del tiempo no puedo negar que me gusta. Camps, quiero decir. Me gusta Camps.
Quien sabe si, salvando todas las distancias, a mí me pasa como a las víctimas de los secuestros largos, que acaban enamorándose de los captores; o como a los que padecen la enfermedad de Diógenes, que no se dan cuenta de que tienen la casa llena de basura y piensan que poseen tesoros varios, o quizá sea que yo, redomada incontinente verbal, no pueda evitar sentirme próxima a otros incontinentes. Quien sabe. Sea por lo que sea, a mí cada vez me pone más. Sí. Camps.
Nadie es de una sola pieza, y él tampoco. Todos somos poliédricos, distintos en cada momento y diferentes con cada persona, y a mí me gusta la persona nueva y tierna que nos muestran las escuchas telefónicas. Me gusta ese Camps que lo mismo te parafrasea a Churchill («a las seis de la mañana el único que podía llamar a la puerta era el lechero») que a Bertolt Bretch, («Ayer un concejal, hoy un alcalde, mañana, el presidente de una comunidad autónoma»).
Me gusta ese Camps que se muestra amigo de sus amiguitos, que se confiesa feliz de respirar un ambiente excepcional que es lo que importa, que anima a la felicidad general sea cual sea el nivel de la alopecia («Todos tenéis que ser felices, porque todos somos iguales, los calvos y los que tenéis pelo»), y que no puede evitar que se le caliente la boca así tenga que pedir perdón más tarde por haber dicho que le quieren gasear o atropellar con una furgoneta y dejar su cadáver en la cuneta. Me gusta. Ay.
No puedo hacer nada salvo sentir lo que siento: admiración y vergüenza. Con la primera, no puedo hacer nada más que callarla. Con la segunda, me queda la opción de escribir otra columna que hable de personas valientes o de algo agradable, así que voy a usar el poco espacio que me queda en recomendarles vivamente un libro: «La Cenicienta que no quería comer perdices», de Myriam Cameros y de Nunila López. Es un cuento para adultos que nadie debería perderse, una revisión del papel de las Cenicientas del mundo, educadas durante siglos para que busquen un príncipe azul que las salve o al que salvar y en la (falsa) idea de que amar consiste únicamente en encontrar a un alma gemela. Nunila es la autora del texto y Myriam de las ilustraciones. Ambas trataron de publicar el libro, pero la falta de interés editorial las llevó a la autoedición y a la distribución por Internet.
El resultado: millones de lectores en el mundo entero recibieron este mensaje en forma de cuento del siglo XXI: no hace falta que comas perdices, sólo que te quieras a ti mismo y entonces dará igual que tengas novio, novia o que vivas en comuna porque no necesitarás ni que te salven ni salvar. Ahora, Planeta ha publicado esta maravillosa metáfora de la vida, de las relaciones y de la liberación sentimental de hombres y mujeres que necesitan ser valientes para conseguir ser felices.
¿Qué tiene esto que ver con Camps? Poco. Si nos esforzamos en la metáfora, podemos sacar una conclusión: que no tenemos que conformarnos con lo que parece que nos ha tocado en suerte. Pero si no tenemos ganas de esforzarnos, siempre pueden ustedes pensar que las columnas, como la vida, como las personas, también son poliédricas y se componen de cosas que son muy bonitas y de otras que lo son mucho menos.