El extremo rigor, la vesanía más bien, usado con los reos en Europa hasta bien avanzado el siglo XIX se nos aparece intacto en las imágenes que los noticiarios de televisión sirven de los juicios en EE UU. En el último de ellos que nos concierne por razón de paisanaje, vemos a la valenciana María José Carrascosa, comparecer a la vista oral del proceso que allí se le sigue enmanillada por la cintura, los tobillos y las muñecas con cadenas. No se trata de una perturbada agresiva de cuyas reacciones deban protegerse los alguaciles y los magistrados, sino de una madre que, ofuscado el entendimiento por la aversión al ex-marido y padre de su hija, cometió el error de enredar el asunto de la custodia de ésta hasta convertirlo en algo parecido, pero sólo parecido, a un secuestro.
Bien es verdad que la principal víctima de ésta sórdida historia es la hija, la niña, técnicamente huérfana por el poco seso de sus progenitores y la torpeza de la Justicia, y que la madre, recién considerada culpable de nueve cargos por un jurado popular de Nueva Jersey, no parece que asimilara nunca los fundamentos del derecho que, como abogada, debía conocer y respetar, pero no lo es menos que la tortura a que la lleva sometiendo desde hace tres años la máquina judicial del país más poderoso del mundo, simbolizada en su exhibición ante las cámaras cargada de cadenas, resulta, por inadmisible, merecedora del repudio activo de la justicia internacional, si es que en el mundo existe, más allá del enunciado, semejante cosa. La causa de la libertad de esa ciudadana española, públicamente maltratada en una nación extranjera, debería ser asumida enérgicamente por, como le gusta llamarse, el Gobierno de España.