Seguro que este comentario rellena la casilla de retrógrado decimonónico, pero ya habrá motivo para lo contrario. Me invitaron a hablar las periodistas del Mediterráneo de Marosa Montañés y, como son tan puntuales, aquello fue como la seda y pude ver, diez minutos, a las belugas del Oceanogràfic. Más vale llegar a tiempo que rondar un año. El espectáculo que se montan, sin alardes, es entrañable. A uno, que las ha visto llegar tristonas, quietas y luego espabilarse hasta parir —a la encantadora Yulka— y juguetear con la señora de la limpieza, casi se le saltan las lágrimas. La pareja cantaba, buscaba peces, se dejaba rascar, nos enseñaba la aleta… En fin, a mí y a cien más se nos caía la baba. Los de la ONG «Infozoos» dicen que eso y lo que hacen los delfines de dar saltos es horroroso, un crimen y que sufren las consecuencias. Estoy seguro de que los biólogos y la gente del centro —y los bichos— piensan lo contrario.